Meditaciones

Libro

Libro V

Por la mañana, cuando sintieses pereza al levantarte, ten luego a mano esta reflexión: «Yo me levanto para cumplir con los oficios propios de un hombre», ¿y qué aunque sea yo moroso, si voy a ejecutar aquello para que nací y para lo que vine al mundo? ¿o por ventura he sido yo formado para que arrellanado en cama y envuelto entre cobertores me esté aquí calentando y solazando? Pero me dirás que esto es un placer. ¿Pues qué, has nacido tú para deleitarte y no ocuparte ni trabajar nada? ¿No ves cómo esos arbolitos, esos pajarillos, las hormigas, las arañas, las abejas, cada cual por su parte se esmeran en perfeccionar su labor? ¿y tú no querrás hacer los oficios propios de un hombre, ni te darás prisa en poner por obra lo que es conforme a tu naturaleza?

Me responderás, así es; pero también es necesario descansar. Conviene sin duda, y la naturaleza prescribió en esto su regla, como la ha escrito en el comer y beber, y tú, con todo, en esto último pasas más allá de lo que es regular y suficiente; y en lo que toca a tu deber, no lo haces así sino que te quedas mucho más atrás de lo que pueden tus fuerzas. La razón es porque de veras no te amas a ti mismo, que si en realidad te amases, amarías también tu naturaleza y abrazarías sus dictámenes, visto que otros, teniendo pasión por sus artes, se consumen en el ejercicio de sus obras y descuidan de su aliño y aun de su sustento; más tú cuentas menos con tu naturaleza que un tornero con el arte de tornear; que un cómico con el teatro; que un avariento con la plata; que un ambicioso con la gloria; y estos, una vez poseídos de semejante pasión, ni el dormir, ni el comer estiman más que adelantar aquellas cosas a que se inclinan y de que se dejan arrastrar. ¿Y a ti los oficios debidos a la sociedad te han de parecer muy despreciables y dignos de menor atención?

¡Cuán fácil cosa es el que uno sacuda y borre de su fantasía toda representación turbulenta e impetuosa y que al punto se quede en suma paz y toda tranquilidad!

Juzga por decoroso a tu persona, el decir y hacer todo aquello que no desdice a la naturaleza, ni te haga desmayar la reprensión o vituperación que de algunos hombres pueda originársete: antes por el contrario, si la cosa dicha o hecha fuese honesta, no te desdeñes de ella porque aquellos tienen su propio espíritu y modo de pensar y se dejan llevar de su propio ímpetu y pasión, más tú no quieras atender a ellos, si no acaba el camino emprendido con rectitud siguiendo la dirección de tu propia naturaleza y de la común del universo, puesto que ambas a dos guían por un mismo camino.

Voy siguiendo las huellas de la naturaleza sin parar hasta tanto que descanse en la muerte, volviendo mi espíritu a aquel mismo principio por el cual vivo cada día, y convirtiéndome en aquel elemento, del cual mi padre recogió la materia, con que me engendró; mi madre la sangre, con que me nutrió; mi ama la leche, con que me alimentó: en aquel elemento, digo, del cual por tantos años diariamente recibí la comida y bebida, sufriendo que yo le pise y abuse de él para tantos usos de la vida.

¿No estás dotado de un ingenio tan agudo que excite la admiración? Sea así; pero otras muchas cosas hay respecto de las cuales no puedes alegar la disculpa de que por naturaleza no eres apto para ellas. Pon, pues, por obra aquellas cosas que totalmente penden de tu arbitrio, como es la integridad y gravedad; el ser tolerado en el trabajo y abstenido en el deleite, conforme con tu suerte, contento con poco, manso, independiente, enemigo del lujo, serio y espléndido; porque no ves que pudiendo tú hacer muchas cosas, en las cuales no tiene lugar ese tu pretexto de falta de ingenio y habilidad natural, con todo te has quedado muy atrás por tu bello gusto. ¿Pues qué, acaso por la cortedad natural de tu talento te hallas en la necesidad de murmurar, de ser miserable, de adular, de echar la culpa de todo a la fragilidad de tu cuerpo, de ser muy condescendiente, de ser jactancioso e insolente y de tener el alma siempre agitada de tantas pasiones? ¡Por Dios, que no! Antes bien podías, tiempo ha, verte libre de tales vicios. Si tú eres notado de ser un poco tardo y no tan capaz, lo que solo debías hacer, era corregir con diligencia y aplicación ese tu vicio, y no tenerlo en poco ni estar bien hallado con esa falta de talento.

Suele hallarse alguno que, cuando ha hecho algún beneficio a otro, no sosiega hasta echarle en cara la tal merced, y publicarla; otro hay, que no siendo tan temerario e imprudente, con todo, a sus solas reputa por su deudor al favorecido y no se olvida del bien que le ha dispensado; no falta otro que en cierto modo no sabe ni se acuerda del favor que hizo, sino que es muy semejante a la vid que produjo la uva, y dado ya una vez su fruto no pretende otra cosa; al modo que el caballo habiendo hecho su carrera, el perro seguido su caza, y la abeja trabajado la miel, así el hombre, que hizo bien a otro, no debe andar publicándolo, sino pensar solamente cómo podrá servirle otra vez, imitando en esto a la vid, que a su tiempo vuelve a llevar la uva. Según eso, «¿conviene que yo sea uno de aquellos que en algún modo hacen bien sin mirar a quien?» Sin duda.

Pero me dirás que es necesario conocer lo que uno hace, porque el oficio propio de un hombre sociable de suyo, pide que se advierta que se obra conforme a las leyes de la sociedad, y ¡por Dios! que también debe pretender que su compañero en la sociedad lo llegue a conocer. Es mucha verdad lo que dices, pero si no te haces cargo de lo que poco ha dije, vendrás por esto a ser uno de aquellos bienhechores jactanciosos de quienes hice mención en primer lugar, porque también esos se engañan con cierta apariencia de verdad. No obstante, si tú quisieses entender bien cuán interesante es la prevención insinuada, no tendrás que temer que por esto faltes en algo de lo que debes a la sociedad. La oración de los atenienses era en esta forma: «Envía, oh amado Júpiter, envía la lluvia sobre la tierra de labor y los prados de los atenienses.» Y en verdad que, o no se debe orar, o con esta sencillez y franca ingenuidad se ha de hacer la oración.

Al modo que suele decirse que el dios Esculapio ordenó al tal enfermo que haga ejercicio a caballo, que tome un baño de agua fría, o que vaya descalzo, así se ha de entender estotro, cuando se dice que la Naturaleza universal ordenó al tal la enfermedad, la mutilación, o alguna pérdida, u otro trabajo de esta clase; porque allí la palabra ordenó quiere decir esto: que Esculapio dejó dispuesto el tal remedio para el tal enfermo, como conducente a la sanidad; y aquí solo significa que lo acaecido a cada uno se dispuso en cierto modo y se dirigió a lo mismo que era oportuno al hado; pues así debemos decir que estos respectivos sucesos nos cuadran y vienen bien, como suelen explicarse los artífices que las piedras cuadradas ajustan y vienen perfectamente a las murallas o pirámides, armando entre sí por su especial composición y estructura; supuesto que absolutamente es una la armonía y sistema de todas las cosas.

Y a la manera que el mundo es un cierto cuerpo perfecto, que se compone de todos los otros cuerpos particulares, así el hado viene a ser una cierta causa general, que consta y se perfecciona con todas las otras causas singulares. Esto que digo lo entienden aun aquellos que son sumamente rudos e idiotas, porque dicen: «Esto lo llevaba el hado para ese tal.» Según eso, la tal cosa la llevaba el hado para la tal persona, y para esta misma había sido ordenada con especial destino; y así, debemos entender estas cosas que miran al hado como aquellas cuando se dice: «Esculapio se lo ordenó»; pues aunque en estas recetas de Esculapio suele haber muchos tragos amargos, sin embargo, con la esperanza de sanar, apechugamos con ellos gustosamente.

Tal debes imaginarte la ejecución y fin de cuanto pareciere bien a la común naturaleza, cual es lo que pasa tocante a tu salud; y con esta reflexión haz por abrazar todo lo que sucediere, por más áspero que te parezca, con la mira de que aquello conduce a la salud del mundo, y también a la prosperidad y felicidad de Júpiter. Y sin duda que si esto no fuese adaptado al buen orden del universo, no lo hubiera Júpiter ordenado así; porque ni una sola de estas naturalezas vulgares lleva cosa alguna que no tenga relación y sea proporcionada a aquel mundo entero al cual gobierna la Naturaleza universal. Por dos razones, pues, conviene contentarse con aquello que acaeciere: la una, porque esto para ti se hizo, para ti se ordenó, y a tu medida en cierto modo se acomodó, disponiendo antes causas muy principales; la otra, porque esto contribuye a la prosperidad, a la perfección, y aun me atrevo a jurar por el mismo Júpiter, a la permanencia de aquel mismo que todo lo gobierna; y en verdad que este mundo, en sí perfecto y entero, vendría a quedar manco y mutilado si uno cortase y desconcertase, por poco que fuese, la conexión y contigúidad tanto de sus partes cuanto de sus causas particulares; y con todo, tú, cuanto es de tu parte, lo quisieras cortar y desunir, y aun en cierta manera lo haces cuando te disgustas con lo que en el mundo acaece.

Si no se te compusiere siempre el que cada una de tus acciones sea hecha conforme a las máximas rectas de la Filosofía, no por eso debes cobrarla hastío, caer de ánimo ni impacientarte; antes bien, rechazado, vuelve a embestir de nuevo, dándote por satisfecho con tal que el mayor número de tus acciones sea conforme con la obligación de un hombre, y abrazando de veras la resolución que te mueve a insistir, no volviendo a la Filosofía y ejercicio de la virtud como vuelve el niño al pedagogo, sino como los que padecen mal de ojos suelen volver a sus remedios, al pincel y a la clara del huevo, o como el otro recurre a la cataplasma, y el otro al baño; porque haciéndolo así nada echarás menos, a fin de dejarte persuardir de la razón; antes con placer adherirás a lo que ella te dictare.

Ten asimismo presente que la Filosofía quiere solamente aquellas cosas que tu naturaleza quiere; ¿y tú querrás otra cosa que no sea conforme con la Naturaleza? ¿Pues qué cosa puede darse más gustosa que estas? ¿No es verdad que por este cebo del gusto te engaña el deleite? Pero repara y mira con atención si te será más placentera la magnanimidad, la liberalidad, la ingenuidad, la igualdad de ánimo, la pureza y santidad de costumbres. ¿Y qué cosa podrás hallar más agradable que la prudencia, cuando pensares que tienes en ti una facultad adornada de ciencia e inteligencia, la cual nunca tropiece y que en todo corra con prosperidad y acierto?

Las cosas a la verdad de tal suerte están escondidas y ocultas, que a no pocos filósofos, y estos nada vulgares, les parecieron que absolutamente eran incomprensibles; aun los mismos estoicos fueron de dictamen, que eran muy difíciles de comprender; y es que todo nuestro juicio y asenso está sujeto y expuesto a errar; porque ¿en dónde hallarás uno que pueda vanagloriarse de ser infalible e inmutable? Da un paso ya hacia los mismos objetos, y hallarás de cuán poca duración y qué viles son, pudiendo pasar al dominio de un joven obsceno, de una ramera y de un ladrón; adelántate un poco más y mira de cerca las costumbres de aquellos con quienes vives, entre los cuales con dificultad podrá uno sufrir aun al más cortés y urbano, por no decir que apenas habrá uno que pueda tolerarse a sí mismo. Por lo que yo no veo qué cosa pueda darse que absolutamente sea digna de aprecio y atención en medio de tal oscuridad y de tal basura, de tal flujo, ya de la materia, ya del tiempo, ya del movimiento y de las cosas movidas; antes bien, soy de opinión que debe uno consolarse a sí mismo con esperar su natural ruina y disolución, y no llevar a mal el que esta se dilate, sino que debe aquietarse con estas dos solas consideraciones: la una, que nada me sucederá que no sea conforme a la Naturaleza del universo; la otra, que tengo yo en mi mano el no hacer cosa alguna contraria a mi Dios y a mi numen o genio; puesto que nadie hay que pueda precisarme o ofender mi propia divinidad.

En cada una de tus acciones particulares deberías preguntarte, ¿en qué empleo ahora mi alma? y también examinarte de este modo; al presente ¿qué cosa tengo en esta mi parte, que se llama la parte principal? ¿en qué estado tengo presentemente mi alma? ¿acaso en el de niño? ¿de un mancebo? ¿o de una mujercilla? ¿por ventura en el de un tirano? ¿de un jumento? ¿o de una fiera?

Cuáles sean aquéllas cosas, que en el concepto del vulgo pasan por bienes, podrás colegirlo de esto que diré ahora: si uno llegase a formar en su mente la idea de los que realmente son bienes verdaderos, cual es la prudencia, la templanza, la justicia, la fortaleza, este tal no podría oír, habiendo hecho de antemano el debido concepto de estas virtudes, el que se les juntase cosa alguna, que no se conformase con aquella idea del bien verdadero. Por el contrario, si uno hubiese primero formado la idea de los bienes, que el vulgo reputa por tales, este tal oiría con indiferencia, y fácilmente aprobaría, lo que dijo el Cómico como cosa bien aplicada. De este modo los más de los hombres se imaginan la diferencia de bienes a bienes; porque a no ser así, el dicho del Cómico no chocaría tanto, ni disonaría aplicado a aquellos bienes; mirándose, como traído con propiedad, y muy al caso respecto de la riqueza y de la abundancia de cosas conducentes al deleite y a la pompa. Anda, pues, y pregunta si deberán ser dignas de aprecio y contadas entre los bienes verdaderos aquellas cosas, a las cuales, de antemano concebidas en la mente, se les pueda propiamente aplicar: que poseyendo tantas con opulencia, no tiene en donde colocarlas, no verificándose esto, haciendo relación a las virtudes mencionadas.

Yo he sido compuesto de materia y forma; pero ninguno de estos dos principios se aniquilará, como ni tampoco han venido de la nada. Cualquiera, pues, de estas mis partes pasará mediante la mutación a ser alguna parte del mundo; y esta pasará segunda vez a ser otra parte del universo, continuándose después esta sucesión hasta al infinito. Ni solo yo vine al mundo por esta vía de la mutación, vinieron también los que me engendraron, y por su orden otros retrocediendo hacia atrás al infinito. Ni hay motivo alguno para que esto no parezca verdad, por más que el universo se rehaga y ordene de nuevo, según sus períodos determinados.

La razón y el arte de vivir según ella, son ciertas facultades, que contentas y abastecidas por sí mismas, no necesitan para sus acciones de socorro extraño: de ahí es, que no solo empiezan estas a obrar por un principio propio, sino que también por sí se encaminan hacia el fin que se han propuesto. Por lo cual este género de acciones se llama cathortoseis, o sea obras rectas, significando con el nombre lo recto y derecho del camino que siguen.

Ninguna de estas cosas se debe decir propia del hombre, la cual no le convenga por razón de tal; ni se pueden exigir del hombre por obligación; ni su naturaleza se las promete; ni ellas perfeccionan la naturaleza humana. De aquí es que en ninguna de estas tiene el hombre puesto su fin, y en ninguna se halla tal bondad que complete y perfeccione el mismo fin. Además de que si alguna de las cosas dichas perteneciese al hombre, por cierto que no le estaría bien al mismo el que la despreciase, ni fuese contra ella: y así este mismo no sería digno de alabanza, dando señales de que no necesitaba de ellas, ni mucho menos sería tenido por hombre bueno el que en alguna de estas se fuese a la mano; si es que existiesen, y fuesen dables tales bienes. Pero ahora vemos que cuanto más uno se despoja de estas y otras cosas semejantes, o con cuanta mayor paciencia lleva el que se las quiten, tanto más crédito adquiere de hombre sabio y bueno.

Tu alma, o sea mente, será tal, ni más ni menos, cuales fueren las cosas en que frecuentemente pensares; porque el alma queda imbuida y como penetrada de sus ideas y pensamientos; imbúyela, pues, con frecuencia de los pensamientos de esta clase: por ejemplo, en donde quiera que se pueda vivir, allí mismo se puede vivir bien; es así que en el palacio se puede vivir, luego en el palacio también es posible vivir bien, y también con este: que cada cosa ha sido hecha para excitarse en busca de su fin, y de suyo se inclina al tal ejercicio; ni el fin consiste en otro, que en ajustarse a la tal inclinación; además de que en el fin está cifrado todo el bien y provecho de cada uno; y así se concluye que el bien propio de un viviente racional es la sociedad, supuesto que ya se ha mostrado que para esta nacimos. Pues qué, ¿no es evidente que las cosas inferiores fueron hechas por causa de las superiores, y que estas se hicieron con correspondencia entre sí? ¿Y quién no vé que las cosas animadas son de mejor condición que las inanimadas; y que entre las animadas son más excelentes las racionales?

El ir tras de imposibles es propio de un loco furioso, y es verdaderamente un imposible el que los malos no hagan alguna cosa tal.

A nadie acontece cosa alguna que no pueda él mismo soportar naturalmente. Lo mismo que te sucedio a ti suele acaecer a otro; el cual, o bien ignorando lo que le pasó, o bien haciendo alarde de un ánimo valeroso se está firme y queda sin lesión. Sería, pues, cosa fuerte que pudiesen más la ignorancia y deseo de complacer a otro de lo que puede la prudencia.

Las cosas por sí mismas de ningún modo tocan al alma, ni se les permite entrada en ella; ni pueden hacer que vuelva atrás, ni que sea movida; ella sola es la que se muda e impele a sí misma, y cuales fueron las dictámenes que ella admitiere, tales hará que sean para sí los objetos que se la ofrecieren.

El hombre es para nosotros una cosa muy allegada, atendida esta razón, porque debo hacerle bien y sufrirle con paciencia, pero mirando a esta otra que hay algunos hombres que se nos oponen en el cumplimiento de nuestras obligaciones, ya el hombre viene a ser para mí una de las cosas indiferentes y extrañas, no menos que lo son el sol, el viento y una bestia, porque a la verdad pueden también estas cosas impedirme la ejecución de la obra, bien que no sean de impedimento contra mi conato y mi disposición por motivo de la excepción hecha tácitamente, y por razón de la facilidad en convertir mi ánimo a lo que se me presentare, siendo así que la mente convierte todos los impedimentos de la acción y los transfiere a otra obra más aventajada; de manera que le sirve de medio para obrar mejor el mismo impedimento de obrar bien, y le facilita el camino ese mismo estorbo de caminar.

Honra y ten en gran estimación lo que en el mundo es lo mejor y más excelente; esto es, aquello que se sirve de todas las cosas y que gobierna las mismas. En esta conformidad honra también, y ten en mucho aprecio lo que en ti es lo más sobresaliente y aventajado, porque esto es en un todo homogéneo con aquello mismo que el mundo domina, y porque también en tu vida es regida y gobernada por aquel que usa de las otras cosas que tú tienes.

Lo que no es nocivo a la ciudad, tampoco daña al ciudadano. Esta verdad sírvate de regla general, siempre que te venga la sospecha o temor de que alguno intenta hacerte mal. Si la ciudad no recibe daño por esto, ni yo tampoco, y dado caso que al público se le hiciese mal tercio, no por eso debes enojarte contra el que se lo hizo, sino que solo convendrá darle a entender su error.

Piensa muy a menudo en la brevedad y presteza con que se nos arrebatan y quitan delante de los ojos las cosas existentes y las que se van haciendo. Porque a la verdad la naturaleza a manera de un río está en un curso continuo; las acciones consisten en una perpetua mutación; las causas se ven en mil vueltas y revueltas, y que casi no hay cosa firme ni estable. Piensa también en la inmensidad del tiempo pasado y en lo interminable del venturoso en donde desaparecen todas las cosas: siendo esto cierto, ¿cÓmo, pues, no se reputará por insensato el que con estas se engría o se aflija, o el que en alguna adversidad molestándole por tan corto espacio se lamente como si fuese por más tiempo?

No te olvides de la común naturaleza, de la cual participas una muy pequeña parte, ni pierdas de vista el todo de una eternidad, en la cual te ha cabido un breve e indivisible intervalo: ¿y del hado universal, qué parte eres tú?

Peca alguno; ¿qué se me da a mí? Él se lo verá que tiene su modo de pensar y propia manera de obrar. Yo tengo ahora lo que la común naturaleza quiere que tenga al presente, y hago lo que mi propia naturaleza apetece que por ahora ponga en ejecución.

La parte principal y dominante en tu alma manténgase firme e inmóvil contra los movimientos lenes o ásperos, excitados en el cuerpo, ni se mezcle o tome parte en ellos, antes bien prescríbale sus límites y reprima en los miembros aquellas sugestiones y afectos. Y cuando por aquella simpatía que resulta de la unión del alma con el cuerpo se entrometiesen en la parte principal, entonces no se ha de intentar la resistencia contra la sensación siendo ella natural, pero el espíritu que suspenda su dictamen no formando juicio de que tales afectos sean buenos o malos.

Conviene vivir con los dioses, y lo hace así el que frecuentemente les presenta su misma alma resignada y satisfecha con el repartimiento de los hados; y pronta a hacer cuanto sea del agrado de su numen interior, que es una partecita desprendida de la divinidad, la cual el mismo Júpiter dio a cada uno por ayo y conductor, y esta es la mente y razón que cada cual en sí tiene.

¿Por ventura te irritas con el que huele a sobaquina? ¿acaso te encolerizas contra quien le huele mal el aliento? ¿qué quieres que haga? el uno tiene así la boca, y el otro de tal suerte los sobacos, que es preciso salga de ellos semejante exhalación. Pero el hombre, dices, está dotado de razón, y puede, haciendo reflexión, conocer la falta en que incurre: ¡sea enhorabuena! Por lo mismo, pues, tú, que participas de razón, muévele con tu facultad persuasiva a que haga semejante discurso; persuádeselo, recuérdaselo, porque si quiere oírte conseguirás el remedio y no estarás expuesto a montar en cólera: mira, no seas rompe esquinas ni ramera.

Ahora mismo puedes llevar aquel género de vida que haces cuenta observar al tiempo de morir, y si no te dejan en libertad de hacerlo, entonces exímete de vivir, y en tal conformidad, como quien no padece mal alguno, y como me aparto yo de la chimenea si hace humo. ¿Por qué reputas esto por negocio de gran momento? Yo, mientras que ninguna cosa tal me saque de este mundo, quedo libre y nadie me impedirá hacer lo que quiera, y lo que yo quiero es portarme según lo pida la naturaleza de un viviente racional y sociable.

El alma del universo es amante de la unión y sociedad y por eso hizo las cosas de baja esfera con respecto a las de superior calidad, y con mucha armonía concilió entre sí las más aventajadas, y así ves como las subordinó, las coordinó y distribuyó a cada una según su estado y condición, y redujo a una recíproca concordia las que eran entre todas más excelentes.

Examina contigo mismo cómo te has portado hasta ahora con los dioses, con tus padres, hermanos, mujer, hijos, maestros, ayos, amigos, familiares, criados, si contra todos ellos habrás acaso hecho hasta este punto o dicho algo opuesto a la piedad y a la religión. Haz memoria también cuántos negocios han pasado por tu mano y a cuántas fatigas has podido resistir, y advierte que la historia de tu vida ya la has completado y desempeñado tu ministerio; acuérdate igualmente cuántas bellas cosas has visto; cuántos disgustos has padecido; cuántas cosas llenas de gloria has despreciado, y con cuántos desconocidos e ingratos te has portado con benevolencia.

¿Por qué razón las almas rudas y sin arte ni habilidad han de perturbar a la que se halle adornada de instrucción y sabiduría? ¿Cuál, pues, es el alma instruida y sabia, dirás tú? es la que conoce el principio y fin de las cosas, y también a aquella mente extendida por el universo, que desde toda una eternidad lo dispone y lo gobierna todo, siguiendo ciertos plazos y períodos determinados.

En un abrir y cerrar de ojos vendrás a ser un poco de ceniza o un esqueleto, y a lo más quedará solamente tu nombre o ni menos el nombre, siendo este a la verdad un puro sonido y el eco de la voz. Las cosas de mayor aprecio en la vida son vanas, pútridas y de ningún valor, y como otros tantos perrillos que se muerden mutuamente u otros tantos niños que, riñendo entre sí, tan pronto lloran como se ríen. Pues la buena fe y el pudor natural; la justicia y la verdad, huyendo de la espaciosa y ancha tierra, de un vuelo se subieron al Olimpo. ¿Qué cosa, pues, hay que aun te detenga aquí y embelese? Porque verdaderamente las cosas sensibles son muy expuestas a la mutación y nada consistentes, los sentidos ciegos y fácilmente reciben trastornadas las impresiones; el alma es una exhalación de la sangre, y el que seas celebrado entre estas gentes es una pura vanidad. ¿Por qué luego no esperas con un ánimo plácido o bien tu extinción o bien tu traslación? Mas entretanto que llega el tiempo oportuno para ella, ¿qué cosa bastará que yo haga? ¿Qué otra cosa ha de bastar, sino el que veneres y alabes a los dioses, el que hagas bien a los hombres, el que sepas sufrirlos y abstenerte de su trato en ciertas ocasiones, el que te acuerdes que cuanto está fuera de los límites de este tu cuerpo y espíritu no es cosa tuya ni depende de tu voluntad?

Siempre podrás salir con felicidad en tus empresas si sabes proceder con rectitud y si quieres pensar y obrar con método y razón. Estas dos cosas son comunes así al alma de Dios como a la del hombre y de todo viviente racional; la una, el no poder ser impedido por otro alguno; la otra, el tener puesto todo su bien en una disposición santa y acción justificada, dando con esto fin a tu deseo.

Si esto que sucede no es maldad mía ni efecto nacido de mi vicio, ni daña al común del universo, ¿por qué me agito pensando sobre ello? ¿qué cosa puede ser nociva a esta universidad del mundo?

No te dejes sorprender temerariamente de la primera impresión de un objeto, antes bien debes procurar socorrer a los necesitados según tus posibles y su estado, y aunque veas que padezcan mengua en estas cosas medias e inferentes, no por eso debes imaginarte que en esto haya daño, supuesto que no es mal verdadero, sino que harás como aquel viejo que, no ignorando cuán pueril cosa era una peonza, se la pedía al chiquillo al despedirse; a este modo, pues, debes portarte en las cosas del prójimo. Y cuando tú te hallas en la tribuna perorando y gritando, dime, hombre, ¿tienes olvidado qué cosa sea esto? «No por cierto, pero me hago la cuenta que en tales cosas ponen los hombres la mayor atención y les agradan mucho.» ¿Y por esto tú también has de ser loco como ellos? Yo alguna vez fui dichoso. ¡Hombre! mira bien que en cualquiera parte podrás ser feliz si tú mismo te labrares la fortuna, la cual no consiste en otro que en tener costumbres loables, buenos afectos y acciones laudables.

Edición: Traducción de Jacinto Díaz Miranda, 1785, revisada en 1888, con curación ortográfica.. Volver a la obra