Libro
Libro IV
El espíritu que en el hombre domina, cuando va bien concertado con la naturaleza, se halla en tal estado respecto a los acontecimientos, que siempre puede aplicarse con facilidad a lo que en el lance se le permite y propone como practicable; porque no se ata ni prefiere a materia alguna en particular, sino que de suyo se propone lo mejor, aunque siempre con la debida excepción, si se pudiere; y así cualquier estorbo que le sobreviniere hace de él y lo mira como materia y ejercicio de virtud. No de otra manera que cuando un vehemente fuego se apodera de la materia que encuentra o le arrojan, capaz de apagar otra pequeña luz, al instante se la convierte en sí mismo, y resuelve, y con esto mismo se propaga y crece.
Ninguna obra se ha de ejecutar en vano, ni de otro modo que con una exacta atención y conformidad con las reglas del arte.
Muchos para su retiro buscan las casas de campo las orillas del mar, los montes; cosas que tú mismo solías desear con anhelo; pero todo esto es una vulgaridad, teniendo uno en su mano el recogerse en su interior y retirarse dentro de sí en la hora que le diere la gana; porque en ninguna parte tiene el hombre un retiro más quieto ni más desocupado que dentro de su mismo espíritu, especialmente aquel que dentro de sí tiene tal provisión de documentos que al punto, dándoles una ojeada, se halla en suma tranquilidad. La que yo ahora llamo tranquilidad no es otra cosa que un ánimo bien dispuesto y ordenado. Date, pues, de continuo a este retiro, y rehazte de nuevo en él. Tendrás para esto ciertos recuerdos breves, como primeros principios o elementos, los cuales, prontamente reducidos a la memoria, serán eficaces para borrar y quitarte toda pesadumbre, y para restituirte libre de enfado a aquellas. funciones a las cuales hubieres de volver. Porque ¿qué cosa es la que no puedes sufrir con paciencia? ¿es la ruindad de los hombres? Sin embargo, haciendo tú sobre estas máximas la reflexión que los hombres nacieron para ayudarse unos a otros, y que de justicia deben sufrirse mutuamente, y que pecan forzados y contra su intento, haciendo también memoria de cuántos son los que hasta aquí dados a la enemistad, al odio, a las sospechas, a las pendencias y contiendas, al cabo murieron y fueron reducidos a cenizas; créeme, podrás ya con estas reflexiones dejar de enojarte contra nadie.
¿Pero quizá llevas pesadamente las disposiciones y sucesos del universo? mira, dejarás de disgustarte renovando en tu memoria aquel dilema: una de dos, o la providencia o los átomos lo llevan así, o teniendo presentes aquellas razones con las cuales se demuestre que el mundo es como una ciudad o estado, cuyo bien público debes anteponer al tuyo propio. ¿Pero acaso te dan pena estas cosas corpóreas y sensibles de acá? sin embargo, dejarás de afligirte reflexionando que la mente, si una vez se recogiere dentro de sí y conociere su propia virtud, no se mezcla ni toma partido en las conmociones suaves ni ásperas que en el cuerpo siente, y recapacitando también todo cuanto hayas oído y aprobado cerca de la molestia y del placer. ¿Pero por ventura te arrastra la ambicioncilla y deseo de aplauso? No obstante, dejarás de andar solicito en este punto echando los ojos hacia la prontitud con que viene el olvido de todas las cosas; hacia aquel caos de la eternidad, por una y otra parte interminable; hacia la vanidad del aplauso ruidoso; hacia la inconstancia y falta de juicio en aquellos que al parecer nos favorecen con su aplauso, y finalmente, hacia la estrechez del lugar en que la fama se encierra. Porque además de que toda la tierra es un punto, dime, ¿cuán reducido es aquel rinconcito que en ella se habita? y en esta, ¿cuántos son y cuáles al cabo los que te han de alabar? Restate, pues, el que te acuerdes de retirarte dentro de aquella partecita en donde mora tu mismo espíritu, y sobre todo, que no te distraigas ni tomes sobrado empeño por cosa alguna; antes bien, muéstrate superior a todas ellas, y míralas como varón fuerte, como hombre grave, como buen ciudadano, como quien vive para morir. Pero con especialidad, entre las otras máximas de que muy a menudo sueles echar mano, debes tener a punto estas dos: la una, que las mismas cosas no llegando al alma, sino quedándose inmobles a la parte de afuera, todas tus inquietudes provienen solo del modo que interiormente tienes de opinar; la otra, que todas estas cosas que ves, no bien habrás vuelto los ojos cuando se habrán ya mudado para no permanecer más. Y tú mismo puedes frecuentemente reflexionar cuántas mutaciones has alcanzado ya en ellas: el mundo es una continua mutación y una imaginación la vida.
Si es verdad que todos los hombres tenemos un mismo principio de entender, también lo es que todos tenemos una misma razón, con la que somos racionales; y si esto es así, igualmente estamos dotados de una razón práctica de lo que se debe hacer o no; si esto es cierto, a todos nos comprende una misma ley; y si nos comprende, todos somos conciudadanos; y si lo somos, todos participamos de alguna parte de la policía común; y si todo es verdad, viene a ser el mundo un estado universal. Pues si no, que diga alguno, ¿de qué otro estado común podrá participar todo el linaje humano? Sin duda que de aquí, de esta común ciudad del universo nos viene a nosotros la facultad de entender y de usar de razón, como también de poder obrar según ley; y si no, ¿de dónde nos proviene? Porque así como la parte térrea que tengo en mí la tengo tomada del elemento de la tierra, la húmeda tomada de algún otro elemento, la aérea tomada de cierto origen, y la cálida e ígnea tomada de su origen particular (supuesto que nada viene de la nada, al modo que nada va a parar a la nada), así también de alguna parte nos viene el principio de entender.
La muerte y la generación, cosas entre sí muy parecidas, son un misterio de la Naturaleza: esta es una condensación de aquellos mismos elementos de que aquélla es una disolución: en suma, nada hay en aquéllas de que deba uno avergonzarse, no hallándose en ellas cosa que no sea conforme a un viviente animado e intelectivo, ni que repugne a su estado y condición.
Siendo tales los hombres, tales deben ser natural y necesariamente sus acciones: y quien no quisiere esto, querrá que no tenga leche la higuera. Absolutamente será bueno que te acuerdes que dentro de brevísimo tiempo, tanto tú como esotro enemigo moriréis, y que poco después ni aun de vuestro nombre quedará memoria.
Echa de ti esa mal entendida opinión, y con eso no se incurre en la queja importuna de decir, he sido infamado, precávete de esto también y así se evita todo daño.
Todo aquello que no hace que un hombre sea en sí peor de lo que antes era; esto no empeora su vida ni le acarrea mengua alguna ni exterior, ni interiormente.
Por su propio interés y provecho se vio obligada la naturaleza a producir esto que vemos.
Advierte bien, que todo cuanto sucede hay razón para que acontezca; porque si tú lo pensares atentamente hallarás, no digo solo, que todo viene en fuerza del orden y enlace de los hados; pero aun también, que todo se hace con justicia y razón y como dispensado por una mano que reparte a cada cual según su merecido. Lleva, pues, adelante esta observación como has empezado, y todo cuanto hicieres, hazlo como corresponde; que lo haga uno que sea hombre de bien tomando con toda propiedad la palabra de hombre bueno, y esto obsérvalo bien en todas tus acciones.
No mires las injurias por el lado que las ve quien te injuria, o por el lado que este pretende que las veas, sino míralas como son realmente en sí mismas.
Conviene siempre tener muy prontas estas dos reflexiones: la una para hacer solo aquello que en pro del público te dictare la razón cuyo es mandar y dar la ley; la otra, para mudar de resolución, siempre que se presentare quien te corrija y apee de alguna opinión; pero bien entendido, que esta mutación de sentencia solo deba estribar siempre en alguna razón probable, de que sea justo o que se haga por la utilidad pública o por otro bien semejante, y nunca por tu capricho o vana ambición.
Dime, ¿te hallas dotado de razón? Me hallo, responderás sin duda; ¿luego por qué no usas de ella? pues haciendo ella su deber, ¿qué otra cosa pretendes y quieres?
Subsistes ahora como parte del universo, vendrá tiempo en que desaparecerás resuelto en el principio que te engendró, o para decirlo con más propiedad, por medio de una mutación serás reasumido en aquella mente, que es el principio y la fuente de donde saliste.
Vemos sobre un mismo altar que arden muchos grumos de incienso, de los cuales los unos caen antes y los otros después, pero cayendo todos al cabo, nada importa el orden con que caen.
No bien habrán pasado diez días, cuando ya te reputarán por un dios aquellos mismos que ahora te tienen por una bestia y por una mona, si de veras te dieres a seguir y tener por sacrosantas las leyes de la razón.
Tú no cuentes como quien ha de vivir millares de años; tienes ya la muerte encima de ti; mientras tienes vida, mientras te lo permite la ocasión, procura hacerte bueno.
¡Cuánto tiempo libre y desocupado logra el que no se cuida de lo que dijo, hizo o pensó su vecino, sino que solo tiene cuenta con lo que él mismo hace, para que todo esto sea una cosa justa y santa! O como dice Agathón, para que no seas de negras costumbres: conviene, pues, que lleves adelante tu camino, sin mirar acá ni allá, y sin desviarte a parte alguna.
El que anda alucinado con la pasión de dejar grande nombre y memoria de sí, no se imagina que cada uno de los que se acordaren de él en breve morirá y él también, y después por su orden cualquiera que les sucediere hasta que se borre toda su memoria continuada por la sucesión de los que le hubieren admirado y después también hubieren fenecido. Pero demos, que los que de ti se acordaren hayan de ser inmortales, y que lo haya de ser también tu memoria, dime: ¿qué parte, pues, tendrás tú en ella? no digo después que hubieres muerto; pero aun ahora viviendo, ¿de qué te sirven las alabanzas si en estas no tienes la mira a algún otro bien y provecho? lo que sucede es que deja uno intempestivamente de cumplir con lo que le encargó la naturaleza, entre tanto que está colgado de lo que otros dirán de él.
Todo lo honesto, de cualquiera modo que sea, es por sí mismo honesto y en sí encierra su bondad, sin que en ello tenga parte la alabanza: y así, el que sea alabado, no lo hace mejor ni peor. Esto mismo digo de lo que vulgarmente se llaman bienes: por ejemplo, de los efectos por naturaleza materiales y de las obras del arte. Lo que fuere, pues, realmente bueno, de nada más tendrá necesidad como no la tiene la ley, la verdad, la benevolencia y la modestia. Pregunto: ¿cuál de estas últimas cosas es buena por ser alabada o por ser vituperada se vicia? ¿Es de peor condición la esmeralda porque no la alaben? ¿Se hace por eso menos apreciable el oro, el marfil, la púrpura, el puñal, la florecilla, el arbolito?
A esta pregunta, si las almas duran por tanto tiempo, ¿cómo desde una eternidad caben ellas en el aire? puede satisfacerse con otra: ¿cómo después de una eternidad los cuerpos sepultados en la tierra pueden caber en ella? La razón de uno y otro es, porque como aquí la breve duración y disolución de los cuerpos, que después de alguna mutación sucede, hace lugar a otros, del mismo modo allí las almas traspasadas a la región del aire, después que por algún tiempo hubieren permanecido, se mudan, se disipan, se vuelven a inflamar, recibidas otra vez dentro de aquella mente, principio y fuente originaria del universo; y de esa manera las primeras hacen lugar a las que van viniendo después.
Esto, digo, podrá uno responder en la hipótesis de que las almas por largo tiempo permanezcan fuera del cuerpo. Pues por lo que toca a los cuerpos, se debe considerar, no solo la muchedumbre de aquellos que son en esta forma sepultados, sino también la de aquellos animales que son diariamente comidos, tanto por nosotros como por otros vivientes. Y a la verdad, ¡cuán grande es el número que de ellos se consume, y que en cierto modo se sepulta en las entrañas de los que con estos se alimentan y viven! y sin embargo, vemos que hay lugar para todos ellos; parte, porque se convierten en sangre; parte, porque se mudan, adquiriendo la forma de aire o de fuego.
Más esta doctrina, ¿qué fundamento tiene de verdad? estriba en aquella común división que de todo se hace en causa material y eficiente.
Mira, no te arrastren tras sí las pasiones; sin embargo, de cualquiera ímpetu que sintieres, da a cada cosa lo que de justicia la toca, y no obstante la viveza y aprensión de la fantasía, conserva un juicio recto.
Dígote con toda verdad, ¡oh naturaleza del mundo!, que todo lo que a ti te acomoda, me avengo yo bien con ello; nada es para mí temprano, nada tardío, si a ti te parece sazonado, es para mí una fruta regalada todo aquello que tus estaciones llevan, ¡oh naturaleza! de ti viene todo; en ti subsiste todo; en ti va a resolverse todo. Si el otro dijo, hablando con Atenas: ¡Oh querida ciudad de Cécrope!, no dirás tú, hablando con el mundo: ¡Oh querida ciudad de Jove!
No te cargues con muchos negocios, dice el otro”, si quieres vivir quieto; pero mira, si fuera mejor el haberlo dicho así: carga con los negocios necesarios y con cuantas ocupaciones la razón dicta a un viviente por su naturaleza político y sociable, y procura cumplir con ellas como la misma razón lo sugiere, porque el hacerlo así, no solo acarrea aquella quietud que nace del obrar rectamente, sino también aquel sosiego que lleva consigo el no tener mucho que hacer. Porque si uno supiese cercenar las más de aquellas cosas que los hombres decimos y hacemos no siendo necesarias, se hallaría más desocupado y con menor perturbación; de aquí se colige que es muy del caso reflexionar en cada una de las cosas, si alguna de ellas será o no una de las necesarias. Además de que no solo conviene cercenar las acciones no necesarias, pero aun los pensamientos ociosos, porque de esa suerte no serán superfluas las acciones que sobrevinieren.
Examina contigo mismo cómo te va en la profesión que haces de hombre sabio y virtuoso; de hombre, digo, que se propone el conformarse con las disposiciones de la providencia, y el contentarse con un modo de obrar justo y con una disposición de ánimo lleno de bondad.
¿Has entendido esto? atiende, pues, a esto otro: no te perturbes; dilata tu corazón: ¿ves que peca alguno? sobre su cuenta peca o para si hace; ¿te ha sucedido algo bueno? desde el principio los hados te tenían dispuesto y ordenado todo lo que te acontece. En suma, siendo la vida breve, conviene aprovechar el tiempo presente empleándolo con discreción y justicia, y reduciéndote a ser moderado en las recreaciones.
Es preciso que el mundo, o sea un sistema bien ordenado o un montón de cosas mezcladas, las cuales, por más perturbadas y revueltas que estén, con todo, no perjudican a la formación del mundo. ¿Será posible que en ti subsista un buen orden y que en este todo del universo reine el desorden? Especialmente hallándose en él las cosas así repartidas en sus respectivos lugares y esparcidas de tal modo que se dan la mano y conspiran a la simpatía y formación de un todo.
Las negras y depravadas costumbres, consisten en ser el hombre afeminado, testarudo, fiero y bestial; pueril, estólido, fingido, truhán, pérfido y tirano.
Si es peregrino en el mundo quien ignora lo que hay en él, no menos será peregrino quien no sabe lo que en él pasa; será fugitivo el que huye de seguir y acomodarse a la razón política; pasará por ciego el que tiene cerrados los ojos de la razón; por mendigo el que necesita de otro y que en sí mismo no tiene todo cuanto es útil para la vida; reputárase como un apóstata y corrupción del mundo el que se separa y retira de lo que prescribe la razón de esta naturaleza común, disgustándose con los sucesos acaecidos, siendo así que los produce aquella misma causa que te produjo a ti. Por fin, es como miembro cortado de este cuerpo y ciudad común el que, por decirlo así, arranca y separa su alma de la de los otros racionales, siendo una misma en todos ellos.
Hace este profesión de filósofo sin llevar túnica, aquél sin tener libros y el otro igualmente, estando medio desnudo: no tengo, dice uno, pan que comer, y sin embargo, insisto en la Filosofía; yo, dice otro, no tengo el salario correspondiente al ejercicio de mi enseñanza, y con todo, me doy constantemente a la Filosofía.
Estima y vive satisfecho con el arte que aprendiste, y lo que te restare de vida, pásalo de manera que, con toda tu alma, poniendo todas tus cosas en las manos de los dioses, a ninguno de los hombres tiranices y a ti nadie te esclavice.
Ponte a pensar en los tiempos pasados, por ejemplo, en los de Vespasiano, verás que sucedía lo propio que hoy día: se casaban los hombres, educaban la prole, enfermaban y morían; guerreaban, hacían sus fiestas, ejercían la mercancía y labraban; adulaban, estaban llenos de presunción y arrogancia; vivían con sospechas y armándose asechanzas; había quien deseaba a otros la muerte; quien murmuraba del estado de las cosas presentes; quien andaba enamorado; quien atesoraba; quien deseaba el consulado y el imperio. Acabóseles, pues, así la vida, sin que ahora quede rastro alguno de ella. Pasa en segundo lugar a los tiempos de Trajano, hallarás de nuevo que todo era lo mismo: murieron también los que entonces vivían. De la misma suerte reflexiona sobre las otras épocas de los tiempos y determinadas edades de todas las naciones, y repara bien cuántos después de haberse afanado, muy en breve: murieron y se resolvieron en sus elementos.
Pero muy especialmente convendrá que hagas memoria de aquellos a los que tú mismo conociste ocupados y distraídos en estas cosas vanas, omitiendo el hacer lo correspondiente a su propio estado y el entregarse con constancia al cumplimiento de su obligación, con solo lo cual debían contentarse. Es necesario, del mismo modo, que te acuerdes que la aplicación y esmero en cada acción en particular debe corresponder al mérito y proporción de la misma, porque así no llegarás a fastidiarte si no te has entretenido en cosas de poca consideración más de lo que convenía.
Las voces antiguamente trilladas son ahora tan oscuras, que necesitan de glosa y explicación; asimismo, pues, los nombres de los héroes, en otro tiempo muy celebrados, en cierto modo al presente ya no se entienden sin interpretación: tales son por ejemplo Camilo, Cesón, Voleso, Leonnato: tales serán dentro de poco tiempo Escipión y Catón: tal será después Augusto, y en lo sucesivo Adriano y Antonino. Porque todas las cosas son caducas y presto vienen a hacerse fabulosas, y es que un pronto y total olvido las cubre y sepulta. Y esto digo aun de aquellos que en cierto modo resplandecieron con admiración de los hombres, porque los otros, al punto que expiraron, quedaron desconocidos y no se volvio a hablar más de ellos. ¿Pero qué viene a ser en sustancia una fama inmortal? Absolutamente una pura vanidad. ¿Qué cosa, pues, es aquello a que conviene dedicarse con empeño y conato? Una sola cosa, y es, que el pensar sea justo, las acciones llenas de bondad respecto al bien público, las palabras incapaces de engañar a nadie, la disposición de ánimo conforme y resignada, abrazando todo lo que acaeciere como que es necesario, como que es cosa sabida, como que proviene de aquella fuente y principio universal.
Entrégate de todo tu corazón al hado, estando pronto a que te destine a los fines que quisiere. Todo se reduce a la breve duración de un día, el que alaba y el que es alabado.
Considera de continuo que todas las cosas se hacen por mutación, y acostumbrate a pensar que la naturaleza del universo nada apetece tanto como el mudar las cosas existentes y hacer otras nuevas semejantes a las primeras, porque todo esto es en cierto modo la semilla de otro que de él ha de renacer. Pero tú te imaginas que solas las semillas son las que se echan en la tierra o en la matriz; imaginación demasiadamente vulgar.
Ya dentro de poco habrás de morir; ¡y que aun no acabes de ser sincero e imperturbable, libre del error y sospecha de que lo que está fuera de ti pueda dañarte, benévolo para con todos y persuadido que no hay otro saber que el bien obrar!
Mira con atención el corazón humano, sus cuidados y aficiones; de qué cosas huyen los hombres y cuáles desean alcanzar.
Tu mal no proviene de otro espíritu que esté fuera de ti, ni consiste en alguna mutación y alteración de ese tu cuerpo que te rodea. ¿De dónde pende, pues? De aquella fuerza aprensiva de los males que en ti mismo tienes; haz, pues, que ella no se imagine ni tenga por mal lo que no es, y todas las cosas te irán bien; y así, por más que este tu cuerpezuelo, el vecino más allegado a tu alma,
sea sajado, quemado, corrompido, podrido, con todo, aquella tu parte, cuyo es el juzgar sobre estas cosas, persevere tranquila, esto es, persuádase que aquello de suyo no es bueno ni malo que, sin diferencia, puede sobrevenir a hombres buenos y malos; pues lo que igualmente acontece al que vive conforme, y al vive contra la naturaleza, esto, sin duda, no la es a ella conforme ni contrario.
Conviene tener siempre en la mente que el mundo es como un viviente animado, que tiene una materia y un alma, y pensar cómo a su noticia, que en él es un sentido, llega todo, y como con un ímpetu o acción común, haga todas las cosas y concurra con las demás causas particulares a todos los efectos que se producen, y, por último, considerar cuál es la dependencia y enlace de todas las cosas entre sí.
Tú, alma mía, según decía Epícteto, no haces más que llevar sobre ti un muerto.
Ningún mal viene a las cosas por que se hallen en actual mutación, como tampoco les viene algún bien, porque después de mudadas subsistan en su nuevo estado.
El tiempo es como un río, y aun como un rápido torrente, que arrastra cuanto hay en el mundo; porque lo mismo es dejarse ver cada una de las cosas, que desaparecer precipitadamente, y sucederle otra, y también ser arrebatada con igual prontitud.
Todo lo que en el mundo sucede es una cosa tan usada y trivial como las rosas en la primavera y las frutas en el verano; tal es la enfermedad, la muerte, la calumnia, las traiciones, y cuantas cosas alegran o entristecen a los fatuos e ignorantes.
En la naturaleza los sucesos posteriores siempre van consiguientes a los anteriores, con correspondencia y buen orden, no porque su curso venga ser como una enumeración de cosas sueltas y desordenadas, las cuales sola la fuerza haga que por necesidad concurran; antes bien, es una serie encadenada por justo motivo y razón fundada. De suerte que, como los entes están en el mundo ordenados con la debida proporción y armonía, del mismo modo los efectos no demuestran una mera sucesión de los unos a los otros, sino una admirable conveniencia entre sí mismos.
Acuérdate de tener siempre presente esta sentencia de Heráclito: que la muerte de la tierra es convertirse en agua, la del agua es trasmutarse en aire, la del aire hacerse fuego, y al contrario. Es necesario también acordarte de aquél que se olvidó del camino por dónde debía ir, y cómo los más en nada siguen aquella razón, con quien especialmente conversan con más frecuencia, y con la que la naturaleza todo lo rige y gobierna, a los cuales les parecen extrañas y peregrinas aquellas mismas cosas que cada día ocurren. También conviene conservar en la memoria que no es conducente el decir ni hacer nuestras cosas como quien sueña; porque, a la verdad, entonces, cuando soñamos, nos parece que mucho decimos y hacemos; tampoco te olvides cuán acertado será no imitar la conducta de aquellos que, como muchachos, siguen a ciegas las pisadas de sus padres y mayores, gobernados por una mera tradición.
Así como tú, si alguno de los dioses te hubiese dicho que mañana, o, a lo más, después de mañana, habías de morir, tendrías en nada el morir después de mañana, antes que mañana mismo, sino es que fueses en extremo vil y cobarde; porque, ¿qué viene a ser el espacio de un día que había de mediar? Del mismo modo piensa que no debe reputarse por cosa grande el que mueras al cabo de muchísimos años o mañana mismo.
Es muy del caso pensar continuamente cuántos médicos murieron después de haber encogido muchas veces las cejas sobre los enfermos, en señal de que los desahuciaban; cuántos matemáticos, después que predijeron la muerte a otros, pareciéndoles hacer en ello una cosa grande, murieron también; cuántos filósofos, habiendo dicho mil divinidades acerca de la muerte e inmortalidad, no obstante perecieron; cuántos bravos y excelentes soldados, habiendo dado la muerte a otros muchos, también tuvieron el mismo fin; cuántos tiranos, abusando de su poder sobre las vidas ajenas con gran fiereza y crueldad, como si ellos fuesen inmortales, del mismo modo fallecieron. Y cuántas ciudades, por decirlo así, murieron: Helice, Pompeya, Herculano y otras innumerables. Sigue también considerando sucesivamente a cuántos tú mismo has visto, y observa que uno de ellos, después de haber sepultado a otro, se murió, y fue sepultado por un tercero, y este por otro, acaeciendo todo en breve tiempo. Por tanto, es conducente que siempre tengas a la vista cómo todas las cosas humanas vienen a ser cosa de un día, y no más; cosas absolutamente viles; siendo así que los que ayer eran un poco de humor asqueroso, mañana serán un cadáver embalsamado o reducido a cenizas. Procura, pues, pasar este punto indivisible de tiempo conformándote con la naturaleza y muriendo consolado, al modo que cuando la aceituna, estando ya madura, de suyo suele caerse, como que bendice a la Naturaleza que la crió, y que da las gracias al árbol que la produjo.
Haz por ser semejante a un promontorio contra quien las olas de la mar se estrellan de continuo y él se mantiene inmóvil, mientras que ellas hinchadas caen y se adormecen alrededor. «¡Infeliz de mí, dice uno, porque tal cosa me aconteció!» En verdad no tiene razón: diría mejor: «Dichoso yo, que en medio de lo que me sucedio, quedé sin recibir pena alguna; ni me quebranta lo presente, ni me espanta lo venidero; porque una semejante desgracia a todos pudo acontecer; pero no todos sin pena la hubieran podido llevar.» ¿Por qué, pues, la adversidad ha de ser antes una desgracia que la paciencia en tolerarla una ventura? ¿Pero acaso tú absolutamente llamas desgracia del hombre aquello que no es un desvío del intento de la naturaleza del hombre? ¿o por ventura te parece que aquello es un desvío del intento de la naturaleza del hombre, lo que no es contrario a la voluntad de su misma naturaleza? ¿Y cuál es esa su voluntad? Ya lo sabes bien, ni es menester decirlo aquí. Lo que yo pregunto es si este acaso puede impedirte el que seas un hombre justo, magnánimo, templado, prudente, cuerdo, mirado e incapaz de engañar ni ser engañado, modesto, libre de respetos vanos, y por abreviar, el que tú no poseas las otras virtudes, con las cuales, cuando la naturaleza del hombre las tiene en sí, queda ella del todo satisfecha y bien galardonada. Acuérdate en adelante que en todo acontecimiento capaz de contristarte puedes echar mano de este aviso: que la adversidad no es una desgracia; antes bien al contrario, el sufrirla con grandeza de ánimo es una dicha.
Ciertamente es un remedio vulgar, pero, sin embargo, muy eficaz para el desprecio de la muerte, la frecuente memoria de aquellos que por un largo tiempo vivieron con mucho apego a su vida. ¿Qué ventaja lograron estos sobre aquellos otros que murieron antes de sazón? Yacen sin duda tendidos en algún sepulcro Ceciliano, Fabio, Juliano, Lépido, y si algún otro hubo semejante a ellos, los cuales, después que habían llevado muchos al sepulcro, también fueron llevados allá. Verdaderamente fue cortísima la diferencia de tiempo en la vida; y esta ¿con cuántas molestias, con qué hombres y en cuál cuerpezuelo se toleró? No tengas, pues, eso por gran negocio. Porque mira bien la inmensidad de tiempo que ya pasó y la infinidad que aun queda por venir; y puesto en medio de este abismo, dime, ¿qué diferencia hallas en que uno muera al día tercero o al tercer siglo después que nació?
Camina siempre por el atajo; y el verdadero atajo es que vivas arreglado a la Naturaleza, de manera que hagas y digas todas las cosas con la entereza posible; porque un tal propósito te librará de trabajos y campañas, de toda disimulación y ostentación vana.
Edición: Traducción de Jacinto Díaz Miranda, 1785, revisada en 1888, con curación ortográfica.. Volver a la obra