Meditaciones

Libro

Libro II

Por la mañana no dejes de hacerte esta cuenta diciendo: tropezaré hoy con algún curioso, con algún ingrato, con algún provocativo, con otro doloso, con otro envidioso, con otro intratable; todos estos vicios les vienen a ellos de la ignorancia del bien y del mal. Pero yo, que por una parte tengo bien visto y meditado, que la naturaleza del bien totalmente consiste en lo honesto; la del mal en lo torpe, y que por otra conozco a fondo ser tal la condición del que peca, que no deja de ser mi pariente, no por un vínculo común de una misma sangre o prosapia, sino porque participamos de una misma mente y partícula, o porción divina; bien sé que ninguno de estos puede perjudicarme (puesto que ningún otro, no queriendo yo, puede complicarme en su infamia); ni debo enojarme contra quien es mi pariente, ni concebir odio contra su persona. Porque los hombres hemos nacido para ayudarnos mutuamente como lo hacen los pies, las manos, los párpados, los dos órdenes de dientes, el superior e inferior; por tanto, es cosa contra la naturaleza, que unos a otros nos ofendamos, como sin duda lo hace el que se estomaga con otros y les es contrario.

Todo mi ser consiste en una porción de carne, espíritu y mente que es la parte principal. Déjate ya, pues, de libros; no te distraigas por más tiempo. ¿No tienes en tu mano hacer cuanto te digo? Tú, como quien en breve ha de morir, desprecia tu cuerpezuelo, que no es otro que una crasa sangre, unos huesecillos y un tejidillo de nervios, de pequeñas venas y de arterias. Mira qué cosa viene a ser tu espíritu; viento es, ni siempre un mismo viento, antes bien de un instante a otro renovado; entrando y saliendo. Quédate, pues, en tercer lugar la mente, parte principal. Hazte así la cuenta, viejo eres, no permitas más que el alma, de suyo señora, se esclavice, ni que sea agitada a manera de títere con el ímpetu de las pasiones contrarias a la sociedad; no te desazonen las presentes disposiciones del hado, ni las futuras te asusten.

Las obras de los dioses se dejan ver llenas de providencia; las de la fortuna, o tienen su origen en la misma naturaleza o no suceden sin concierto y conexión con aquellos efectos, a los cuales rige y preside la providencia, de la cual todo dimana. Demás de que así la necesidad, como la utilidad del universo del cual tú eres una parte, pide de suyo que las cosas tengan este curso que vemos. Y podemos decir que es bien de cada una de las partes de la naturaleza aquello mismo, que la condición del universo lleva consigo; y aquello también, que de suyo se ordena a la conservación del mismo.

Ahora, pues, ¿quién no ve que igualmente la mutación de los elementos y de los mixtos conservan en su ser al mundo? Esto te baste; estos sean para ti tus dogmas perpetuos; echa, pues, de ti esa sed insaciable de leer para que no mueras con repugnancia, antes bien con resignación verdadera y agradecido de corazón a los diosos, por más que no hayas podido leer tanto libro como deseabas.

Acuérdate cuánto tiempo hace ya que dilatas la ejecución de estas máximas y cuántas veces habiéndote los dioses concedido aquel plazo que te habías prefijado, con todo no te has aprovechado de él. Es menester, pues, que ahora por fin conozcas de cuál mundo eres una parte y de cuál gobernador del mundo has salido como un destello; que medites, que tienes predefinido el término de tu vida en un tiempo acotado, del cual si no te aprovechares, serenando tus apetitos y pasiones, él se te pasará y tú pasarás con él y otra vez no volverá.

Cuida a todas horas de obrar valerosamente, como corresponde a un romano, y a un hombre de gran vigor ejecutando aquello que tuvieres entre manos, con una gravedad perfecta y natural, con mucha humanidad, con franqueza, con entereza y justicia; poniendo en calma tu corazón, desembarazado de cualquiera otro cuidado y pensamiento. Y podrás ciertamente ponerlo en calma, si hicieres cada acción en particular, como si ella fuere la última de tu vida, libre de toda temeridad, libre de todo afecto contrario a los dictámenes de la razón, libre de ficción de amor propio y de displicencia en las disposiciones del hado. ¿No ves, cuán pocas máximas son aquellas, que bien practicadas bastan para norte de una feliz navegación en el mundo y entable de una vida casi divina? Porque los dioses se darán por satisfechos y bien servidos de aquel que estas cosas observare.

Tú, oh alma mía, te deshonras a ti misma; te lo vuelvo a decir, te deshonras a ti misma; ni te haces cuenta, que no tendrás más tiempo de adquirirte aquel honor que a ti misma te debes, porque ninguno tiene más que una vida, y esta se te pasó casi toda, sin contar con el respeto debido a tu misma dignidad, antes poniendo toda tu felicidad en hacerte honor para con los otros.

Mira, no te distraigan los negocios exteriores que te sobrevinieren; antes bien, procura desocuparte para aprender algo más de bueno, y déjate de andar girando de acá para allá como una devanadera. Porque ve aquí otro engaño y error de que conviene guardarte, y es, que muchos en una vida muy ocupada y laboriosa emplean su trabajo en cosas frívolas, sin proponerse blanco alguno, al cual absolutamente dirijan todas sus miradas y afectos.

No es fácil que le vaya mal a alguno por no entrometerse en lo que ocurre en el ánimo de otro; pero es imposible, el que deje de ir mal a quien no escudriña lo que pasa en el suyo.

Es menester tener siempre presentes estas pocas ideas: primera, cuál es la naturaleza del universo; segunda, cuál es mi misma naturaleza; tercera, cuál es el orden y respecto que esta tiene para con aquélla; cuarta, cuál parte viene esta a ser, y de qué todo viene a ser la tal parte; quinta, que ninguno puede impedir que tú hagas siempre y digas aquello que sea conforme con aquella naturaleza, de quien eres una parte.

Verdaderamente habló como filósofo "Theofrasto cuando en aquella comparación que hacía de los pecados entre sí (según que uno, vulgarmente hablando, puede comparar cosas entre sí iguales), dijo: que los pecados cometidos por deleite son más graves que los que por ira se suelen cometer; porque se ve que un hombre enojado se aparta de la razón con cierta pena interior y angustia de corazón; pero el que por satisfacer su gusto peca, vencido del deleite, muestras da de ser un hombre más destemplado y en cierto modo muelle y afeminado en sus pasiones. Dijo, pues, bien y conforme a las máximas de la Filosofía, que un desorden cometido por gusto era mayor delito que otro hecho con dolor. Lo que no se puede dudar es que el uno se parece más a un hombre que provocado con la injuria recibida se ve forzado a irritarse por la pena que en sí siente; pero que el otro de suyo embiste, siendo el primero en hacer una sinrazón, movido a obrar por capricho y antojo.

Es necesario que en todas tus acciones y pensamientos te portes como quien puede en el mismo punto salir de esta vida, si bien esto de salir de entre los hombres, si hay dioses, nada quiere decir, puesto que ellos ningún mal podrán hacerte; pero si no los hay, o si por más que los haya no cuidan ellos de las cosas humanas, ¿para qué quiero yo vivir en un mundo falto de dioses y sin providencia? Pero la verdad es que los hay, y que miran por las cosas humanas, dejando en nuestra mano el que no vengamos a incurrir en los que son verdaderamente males. Y la verdad es, por último, que si alguna de las otras cosas que se reputan por males fuese un verdadero mal, también habrían los dioses tomado sus medidas, a fin de que fuese libre a cada uno no caer en él.

Pues en este sistema de cosas ¿cómo podrá lo que no hace peor al hombre en sí mismo empeorar la vida del hombre? Ello es cierto que la naturaleza del universo, ni por ignorancia habría dejado de proveer de remedio para este mal, ni de propósito lo habría despreciado (como sin arbitrio para precaverlo o corregirlo, según algunos falsamente opinan), ni, en suma, habría cometido un descuido tan grande, o por falta de poder, o por falta de saber, como sería el que con suma confusión los bienes y los males verdaderos fuesen igualmente comunes a buenos y malos. Nosotros ahora sin duda vemos que la muerte y la vida, el honor y la infamia, la molestia y el deleite, la riqueza y la pobreza, no siendo cosas de suyo honestas ni torpes, sin diferencia acontecen a buenos y malos; luego ellas en rigor ni son bienes ni son males.

Es asunto digno de toda la atención de nuestra facultad intelecttiva reflexionar con cuánta velocidad se pasa todo; cuán presto en el mundo desaparecen los cuerpos; cuán en breve, hasta la memoria de ellos, se borra en la posteridad; entender que esta es la condición de todos los objetos sensibles, y, con particularidad, de aquéllos que blandamente nos halagan, o con molestia nos apartan de sí, o con su vanísimo aparato nos encantan; sacar por consecuencia cuán viles son estas cosas, cuán dignas de desprecio, cuán sórdidas, cuán caducas y perecederas. Ni conviene meditar menos quiénes son aquéllos de cuyo modo de pensar y hablar depende la gloria y la fama. Pero, sobre todo, es necesario tener bien entendido qué cosa sea morir; porque, si uno lo considera, como ello es en sí, procurando con una precisión exacta en sus ideas separar de la muerte los horrores y espantos que abulta la imaginación, verá claramente que el morir no viene a ser otra cosa que. un efecto propio de la naturaleza, y claro está que es cosa pueril, si alguno teme los efectos de la naturaleza. Lo más es que, no solo el morir es efecto de la naturaleza, pero aun conveniencia de la misma. Por fin, debe un sabio meditar de qué manera se une un hombre con Dios y por medio de cuál parte, y cómo se hallará esta misma partecita cuando hubiere llegado a esta unión.

No puede darse cosa más infeliz que un hombre que, girando de acá para allá, y corriéndolo todo; averiguando hasta lo que está bajo tierra, como dijo el otro, e indagando por conjeturas los pensamientos y secretos de su prójimo, no acaba de entender que le basta el saber conversar con sola aquella mente que dentro de sí tiene, haciendo con ella los oficios que la son debidos. Y los oficios que se deben hacer con esta consisten en conservarla libre de pasiones, de temeridad, de disgusto y repugnancia en aquellas cosas que, de parte de los dioses y de los hombres, acontecieron. Porque las cosas de los dioses son dignas de toda veneración, por ser obras virtuosas, y las de los hombres, siendo estos nuestros prójimos, deben sernos gratas y bien aceptadas, si bien alguna vez las mismas, en cierto modo, nos deben ser objeto de compasión, atendida la ignorancia del bien y del mal, de la cual proceden, siendo así que no es menor defecto este género de ceguedad en el ánimo que aquélla que nos priva de poder discernir lo blanco de lo negro.

Por más que tú hubieses de vivir tres mil años, y, si quieres, aun treinta mil, con todo, haz por acordarte que ninguno pierde otra vida, al morir, que esta con que vive, ni vive con otra que con esta que pierde; así que, lo más largo y lo más breve de la vida, viene, al cabo, a reducirse a lo mismo; porque, para todos es igual aquel momento presente en que se vive: será, pues, igual a todos lo que se pierde de vida, y de este modo, lo que se pierde, viene a ser un indivisible. Y la razón de todo es porque ninguno puede perder, ni aquel tiempo, que ya se le pasó, ni tampoco el que aún está por venir; porque, ¿cómo se puede quitar a uno lo que uno no tiene? Conviene, pues, tener siempre en la mente estas dos máximas: la una es que, puesto que todas las cosas, desde una eternidad, se presentaron con el mismo semblante, y siguieron el mismo curso y giro, el contemplarlas ciento, doscientos años, o un tiempo ilimitado, en realidad, no se diferencia en nada. La otra es que, el que hubiere de vivir una vida muy larga, y el que hubiere de morir muy pronto, igual momento de vida pierden; porque, únicamente podían ser privados del tiempo presente que solo gozaban, visto que nadie pierde lo que no posee.

Que todo sea una vanidad, fundada en sola opinión, lo declara Mónimo el Cínico en sus escritos, cuya utilidad claramente verá aquel que supiese valerse del chiste que en ellos reina, sin pasar más allá de lo que permite la verdad.

El alma del hombre se infama a sí misma, con particularidad cuando viene a hacerse, por lo que a sí toca, como un divieso o como un tumor extraordinario en el cuerpo político del mundo, porque el no conformarse con alguno de los acontecimientos que ocurren, viene a ser cierto absceso de la naturaleza universal en que todas las demás cosas, cada una por su parte, ocupan su lugar respectivo. ¡Y acaso no la sucede esto mismo siempre que se muestra adversa O hace oposición a alguno de los otros hombres con el fin de hacerle mal, como suelen practicarlo las almas que se hallan poseídas de ira! Lo tercero, a sí misma se deshonra el alma racional cuando cede y se da por vencida del deleite o de la pena. Lo cuarto, cuando a manera de hipócrita hace, o dice algo fingida y falsamente. Lo quinto, cuando no proponiéndose blanco alguno en sus acciones ni en sus apetitos, obra temerariamente y sin saber lo que se pretende, siendo así que aun las más mínimas acciones deben hacerse con el debido orden y respeto a su fin, el cual fin en las racionales no es otro que el obedecer a la razón, y sujetarse al derecho de la naturaleza, que es, por decirlo así, la más noble y más antigua ciudad y gobierno.

El tiempo de la vida humana no es más que un punto; la materia de que se compone el hombre, padece sin cesar una continua disipación, sus sentidos torpes y oscurecidos, toda la constitución del cuerpo se inclina fácilmente a la corrupción; el alma inconstante y en continua agitación, la fortuna incierta y difícil de atinar, la fama muy dudosa e indefinible; para decirlo en breve, todas las cosas propias del cuerpo son a manera de un río, que siempre corre; las del alma vienen a ser un sueño y un poco de humo; la vida, una guerra perpetua y la corta detención de un peregrino; la fama de la posteridad, un olvido. ¿Qué cosa, pues, hay que nos pueda llevar a salvamento? Una sola y esta es la filosofía; digo, aquella filosofía que se empeña en conservar sin ignominia ni lesión el espíritu o mente interior, en mantenerlo superior al deleite y al dolor, lejos de obrar sin reflexión, lejos de toda falsedad y ficción, contento consigo mismo y sin necesitar de que otro haga o no haga la tal o tal cosa, conforme con todo lo que viniere, y satisfecho además de esto con la parte que le tocare en los varios sucesos, ya que todos vienen de la misma mano de donde él salió, y sobre todo capaz de ver venir la muerte con un ánimo plácido y sosegado, persuadiéndose que ella no es otra cosa que la separación de aquellas partes de que todo viviente animado se compone. Y en efecto, si a los mismos elementos no les viene mal alguno de que los unos de continuo se muden y conviertan en otros, ¿por qué temerá uno y mirará con horror la mutación y resolución de todas las otras cosas? ¿No es ella conforme a la naturaleza? ¿Puede acaso una cosa, conforme, a la naturaleza, ser mala?

Esto se escribió en Carnuto.

Edición: Traducción de Jacinto Díaz Miranda, 1785, revisada en 1888, con curación ortográfica.. Volver a la obra