Meditaciones

Libro

Libro XII

Ya puedes, si no te envidias a ti mismo, alcanzar todo aquello a que deseas llegar por rodeos. Sin duda sucederá esto, si dieres de mano a todo lo pasado, dejares también a la providencia lo venidero y solo encaminares lo presente a un fin piadoso y justo. A la virtud de la piedad pertenece que abraces cuanto te fuere dispensado, puesto que la Naturaleza te lo envio y tú has nacido para ello: a la virtud de la justicia corresponde que digas al mismo tiempo lo que es conforme a la ley y según lo pida el mérito de la cosa. Por lo mismo, no te sirva de impedimento ni la maldad ajena, ni el concepto que formarán de ti, ni los discursos que harán sobre tu conducta, ni mucho menos la pasión de la carne que te estimula, porque allá se lo verá el paciente. Ahora pues, ya que casi estás al fin de la carrera, si tú, separándote de todos los otros cuidados, respetases solamente a tu espíritu y honrases esa divinidad que en ti tienes, ni temieses al mismo tiempo el morir alguna vez, sino el no haber empezado jamás a vivir conforme lo manda la Naturaleza, vendrías a ser un hombre digno de ese mundo, o sea de ese Dios que te produjo, dejarías de ser huésped en tu misma patria, no admirarías como cosa inesperada lo que sucede cada día, y por último, no estarías pendiente de la tal y tal cosa.

Dios ve todos los espíritus desnudos de esos vasos materiales, de esas cortezas y basuras del cuerpo; porque con sola su mente, o sea virtud intelectiva, llega a conocer todas aquellas cosas que de él mismo dimanan y traen su origen. Y si tú te acostumbrases a hacer esto mismo, cercenarías muchas de tus distracciones; pues aquel que no pusiere la mira en la carne de que está rodeado, ni mucho menos pensare en el vestido, en la casa, en la fama, ni en todo este aparato y pompa exterior, tendrá una vida tranquila.

Tres son las cosas de las cuales has sido formado: cuerpo, alma y mente: las dos primeras en tanto son tuyas, en cuanto es menester que las cuides; solo la tercera es tuya en propiedad. Por lo cual, si tú apartares de ti, esto es, de tu mente, cuanto otros hacen o dicen; lo que hiciste o dijiste; lo que imaginado como futuro te perturba; lo que, ahora toque al cuerpo que te circunda, ahora al alma nacida con el cuerpo, no depende de tu arbitrio; en fin, todo aquello que ese torbellino exterior de la Naturaleza de continuo envuelve en sí, de modo que tu mente, o sea facultad intelectiva, puesta en salvo contra los sucesos del hado, pura y libre de pasiones, viva contenta consigo misma, haciendo lo que es justo, conformándose con lo que suceda y hablando siempre verdad; si tú, vuelvo a decir, apartares de tu mismo espíritu aquellos afectos a que dio lugar por una pasión vehemente, y, no acordándote de lo pasado ni pensando en lo venidero, te hicieres a ti mismo, cual Empédocles describe el mundo, una como «Redonda esfera que gira sin cesar»; y solo dirigieres tus cuidados a vivir bien lo que vives, a saber el tiempo presente; sin duda podrás pasar el resto de tu vida hasta la muerte con toda tranquilidad, con generosidad de ánimo y perfecta armonía con tu misma deidad, o sea parte principal.

Muchas veces me he maravillado cómo es imaginable que amándose cada uno a sí mismo más que a todos, sin embargo estime en menos el concepto propio formado de sí, en comparación del que se merece de otros. Así sucede que si Dios o un prudente maestro, estando presidiéndonos, mandase a uno de nosotros que nada imaginase dentro de sí, ni discurriera sin que al mismo punto de pensarlo lo profiriese, no habría quien pudiera aguantarlo un solo día: en esa conformidad respetamos más al prójimo, cuando opina algo cerca de nosotros, que a nosotros mismos.

¡Cómo puede ser que los dioses, habiendo dispuesto tan bellamente todas las cosas y con tanto amor hacia el género humano, hayan descuidado de sola esta, a saber, que algunos de los hombres que hubieren sido del todo buenos, tenido las más de las veces casi correspondencia interesante con Dios, habiéndosele hecho muy familiares y amigos por sus obras santas y funciones sagradas, después que una vez hubieren muerto, no hayan de volver a vivir jamás, antes bien hayan de quedar extinguidos para siempre! Dado caso que eso sea así, ten por cierto que los dioses lo hubieran hecho de otra manera, si hubiera sido del caso hacerlo de otro modo; porque si era justo, también era posible, y si conforme con la Naturaleza, esta misma lo hubiera puesto por obra. De aquí es, que solo porque no sucede de esta suerte, si es que así no suceda, puedes dar por indubitable que no era conveniente que se hiciese en esa conformidad. Y en realidad, bien ves tú mismo que proponiendo esta cuestión, entras a disputar en justicia tus derechos con Dios; los cuales ciertamente no disputaríamos de este modo con los dioses, si ellos no fuesen muy buenos y muy justos; a más de que, si son tales, sin duda no han omitido injustamente, ni sin razón dejado de atender a cosa alguna perteneciente al buen régimen del universo.

Debes acostumbrarte a ejercitarte aun en aquello con lo cual desconfías el poder salir; porque la mano izquierda, no siendo a propósito para otras acciones por falta de uso, con todo, mantiene las riendas más fuertemente que la derecha, por cuanto se acostumbró a ello.

Piensa en qué estado de cuerpo y alma conviene que te coja la muerte; reflexiona sobre la brevedad de la vida, la inmensidad del tiempo pasado y lo interminable del venturo, como también en la poca consistencia de todo lo que es material.

Mira las formas o naturalezas de cada cosa desnudas de sus cortezas; atiende al fin de las acciones; considera qué viene a ser el dolor, qué el deleite, qué la muerte, qué la gloria, cuál es la causa de hallarte implicado en negocios, cómo ninguno puede ser impedido por otro; finalmente, que todo depende del modo de opinar.

En la práctica de los dogmas filosóficos debe uno antes parecerse a un luchador que a un gladiador; porque este, después que deja de la mano la espada con la cual se valía, allí mismo queda muerto; pero aquél siempre conserva su brazo, ni es menester más que manejarlo con destreza.

Es muy del caso examinar lo que son estas cosas en sí mismas, haciendo la división de su materia, forma y fin.

El hombre tiene tanta facultad, que pende de su arbitrio el no hacer sino aquello que ha de ser del agrado de Dios, y admitir con gusto todo lo demás que el mismo Dios le enviare.

En lo que es subsiguiente y conforme a la Naturaleza no debe uno quejarse contra los dioses, porque ni voluntaria ni involuntariamente faltan en cosa alguna, ni contra los hombres, porque en nada yerran espontáneamente, de modo que no se debe culpar a nadie.

¡Cuán ridículo y extravagante es aquel que se admira de cosa alguna de cuantas pasan en esta vida!

O domina una fatal necesidad e inviolable orden, o una aplacable providencia, o una temeraria confusión, sin superior que dirija. Ahora bien, si reina una necesidad insuperable, ¿a qué viene la resistencia? Si gobierna una providencia capaz de dejarse aplacar, procura hacerte digno del socorro divino. Pero si todo está sujeto a una ciega confusión, sin que presida algún numen, conténtate con que tienes en ti mismo la mente para que te sirva de conductor y piloto en medio de tan deshecha tempestad. Y caso que las enfurecidas olas te arrollen, procura que solamente lleven tras sí el cuerpo, el espíritu vital y las otras cosas exteriores; pero guárdate bien de que no arrebaten al mismo tiempo el alma.

¿Es posible que la luz de un velón no deje de alumbrar ni cese de despedir de sí su resplandor hasta tanto que la apaguen, y con todo, la verdad, la justicia y la prudencia se han de extinguir en ti antes de morir?

Para desechar el pensamiento que te representa con vehemencia el que alguno haya pecado, di para contigo: ¿Qué sé yo si eso ha sido pecado? Y si es que pecó: ¿Cómo me consta si se ha echado a sí mismo la culpa? Pues de ese modo se parecería al que se arañase el rostro de puro dolor. Por lo mismo reflexiona que quien pretende que el malo no peque se asemeja al que no quiere que la higuera lleve leche en los higos, que lloren los niños recién nacidos, que relinche el caballo, ni que sucedan otras cosas naturalmente necesarias. ¿Pues qué podría hacer quien se hallase con tan mal hábito? Por eso si te tienes por capaz y estás expedito, remedia ese mal y cúrale.

En realidad todo tu deseo debería encaminarse a que no hicieses cosa a no ser que fuese decorosa, ni dijeses palabra a no ser que fuese verdadera.

En todo y por todo conviene siempre considerar qué es lo que excita esa idea en tu imaginación; como que está a tu cuidado poner en claro eso mismo, haciendo la división en forma, materia, fin y tiempo dentro del cual ha de terminar.

Acaba de reconocer alguna vez que en ti mismo tienes alguna cosa más excelente y divina que aquello que excita en ti los afectos y te agita enteramente a manera de un títere. Y entonces pregúntate: ¿Cuál es ahora mi pensamiento? ¿Acaso el miedo? ¿La sospecha? ¿La lascivia? ¿Por ventura ha sido algún otro ímpetu de esta clase?

Procura en primer lugar no hacer cosa alguna temerariamente y sin designio, en segundo lugar, que tus acciones no hagan relación a otra cosa alguna que a un fin útil al bien público.

Hazte la cuenta que dentro de poco ni tú mismo, ni cosa alguna de cuantas ahora ves, ni otro alguno de los que al presente viven, estaréis en parte alguna, porque todas las cosas de suyo nacen expuestas a la mutación, conversión y corrupción, para que de sus ruinas se hagan después otras cosas nuevas sucesivamente.

Persuádete que todo es una aprensión y que esta pende de ti. Borra, pues, esa imaginación cuando quieras, y en esa conformidad en todo serás firme, así como el que dobló un cabo tiene suma tranquilidad y logra un puerto adonde no llegan las olas.

Una, y cualquiera acción que se termina a su tiempo, nada desmerece por haberse terminado, ni menos recibió menoscabo alguno quien la puso en ejecución, solo por eso de haberla concluido: luego del mismo modo el conjunto de todas las acciones en que consiste la vida, si a su tiempo cesare, solo por eso de haber cesado no recibirá algún daño, ni será malamente vejado el que con oportunidad hubiere dado fin a la serie de sus acciones. Pero es de advertir que la Naturaleza mide el tiempo y señala el fin de la vida, aunque alguna vez lo hace también la naturaleza particular de cada uno, como sucede al que muere en la vejez, si bien la Naturaleza universal generalmente es la autora, procediendo de ella el que, mudando y renovando las partes, se mantenga siempre todo el mundo como recién hecho y muy vigoroso. Además de que todo lo conducente al universo siempre es bueno y tempestivo: luego el fin de la vida realmente no es mal para ningún particular no siendo disforme, supuesto que no pende de nuestra elección, ni tampoco se opone al orden natural; antes bien, es bueno, visto que es oportuno, congruente y adaptado. Y a la verdad de esta manera. sería dirigido por un Numen el que se conformase en todo con Dios y se encaminase con fina voluntad al mismo fin.

Conviene tener muy presentes estas tres cosas: Primera, que cuanto pusieres por obra no lo hagas temerariamente ni de otro modo que como lo haría la misma justicia; pero en lo que mira a los acontecimientos exteriores, persuádete, o bien sucedan ellos por acaso, o por providencia, que no por eso debes quejarte de la fortuna, ni menos echar la culpa a la Providencia. La segunda, el que reflexiones cuál es cada uno desde su concepción hasta el tiempo de animarse y desde la animación hasta restituir el alma; como también de qué partes se compuso y en cuáles se disuelve. La tercera, que si levantado en alto y con espíritu elevado considerases atentamente las cosas humanas y comprendieses cuánta es su diversidad, observando al mismo tiempo cuánto es también lo habitado por todas partes de vivientes aéreos y etéreos, verías al fin, por más veces que te remontases, que son de un mismo aspecto y de breve duración aquellas cosas sobre que fundas tu vanidad.

Echa fuera de ti esa aprensión, y con eso te preservarás de todo mal; pues ¿quién podrá impedir el que te sacudas de ella?

Siempre que te resintieres de algo, será señal de tener olvidado el que todo sucede conforme con la naturaleza del universo y que la falta cometida por otro no te perjudica. A más de esto, también te has olvidado de que todo lo sucedido siempre aconteció en esa conformidad, y acaecerá en lo porvenir como ahora se hace, ni te acuerdas cuánto sea el parentesco de un hombre con todo el linaje humano, no siendo a la verdad por enlace de carne y sangre, sino por la participación común de una misma mente. Por último, también pusiste en olvido que la mente de cada uno es un dios, y que provino de la Divinidad; que nadie tiene cosa alguna propia, antes bien, hijos, cuerpo y aun la misma alma nos vino de Dios; que todo es una mera opinión; que solo vive cada uno el tiempo presente, y que eso mismo pierde solamente al morir.

Conviene hacer de continuo un recuerdo de aquellos hombres que se indignaron excesivamente con algún motivo, de los que vivieron con grandes honores o sumas calamidades, de los que han tenido ruidosas enemistades o han florecido en cualquiera género de fortuna; después deberás preguntar: ¿Adónde están ahora todos aquellos? Se convirtieron en humo y ceniza, y pasan por fábula, o ni menos se tienen por fábula. Por fin conduce también el que te ocurra al pensamiento todo lo de esta clase; por ejemplo, cuál fue Fabio Catulino en su granja; Lusio Lupo y Stertinio en Bayas; Tiberio en Caprea, y Velio Rufo, y en suma, la gran diferencia en todo, junto con una vana presunción de sí mismos. Y no se te pase por alto cuán vil era todo aquello que los traía fuera de sí, y cuánto más conforme es con la filosofía el que uno mismo, según se le ofrezca, se muestre justo, prudente, siguiendo a los dioses a cara descubierta y con sencillez, porque nada hay tan insufrible como la presunción insolente, disfrazada con capa de humildad.

A los que te preguntaren; ¿en dónde viste a los dioses o por dónde sabes de cierto que existen para darles ese culto? respóndeles, en primer lugar, que también son perceptibles a nuestra vista, además de que, aunque yo no haya visto a mi propia alma, sin embargo la respeto también: a un modo, pues, semejante, sé con certidumbre que hay dioses, y los venero por las mismas razones de que experimento en todas partes los efectos de su poder.

La conservación de una vida feliz y ajustada estriba en que uno en todo y por todo discierna cuál es cada cosa de por sí, cuál su materia, cuál su forma; que ese mismo haga con toda su alma lo que es justo, y que siempre trate verdad. ¿Y qué más le falta ya, sino disfrutar el tiempo de su vida encadenando una obra buena con otra mejor, de suerte que no deje el más mínimo intervalo entre las acciones buenas?

Una misma es la luz del sol, por más que se vea impedida con murallas, montes y otras infinitas cosas; una es la materia común, aunque se halle dividida en infinitos cuerpos de distintas cualidades; una es el alma universal, por más que esté encerrada en infinitas naturalezas y en sus respectivos distritos; una el alma racional, aunque parezca estar separada. Y a la verdad, las otras partes de las cosas insinuadas, esto es, sus formas y materias, carecen de sentido, ni tienen vínculo alguno que mutuamente las una; pero esas mismas las junta la mente universal y el peso que las inclina a un mismo lugar. Finalmente, el alma racional se aficiona con particularidad a lo que es de su mismo género, y se une, sin que este afecto de comunicación ceda a los impedimentos.

¿Cuál es tu anhelo? ¿acaso tu propia conservación? ¿por ventura el sentir? ¿el moverte? ¿el crecer? ¿el cesar después de crecer? ¿el hablar? ¿el pensar? ¿Cuál de estas cosas te parece acreedora a tu deseo? Pero si cada una en particular la tienes por vil y despreciable, inclínate a este último partido, que es el de seguir la razón y obedecer a Dios, aunque se opone a esta resolución el llevar a mal que por la muerte nos hayamos de privar de alguna de aquellas cosas.

¡Cuán pequeña es la parte de tiempo infinito e inmenso que se ha distribuido y señalado a cada uno! porque realmente desaparece muy pronto en el abismo de la eternidad. ¡Cuán pequeña porción tiene uno de la materia universal! ¡Cuán pequeña igualmente te cupo del alma universal! ¡En cuán pequeña gleba de toda la tierra andas arrastrando! Habiendo considerado todo esto, nada te imagines por cosa grande, sino el hacerlo todo como tu propia naturaleza te dirige, y recibirlo como lo envía la naturaleza común.

El espíritu en cierto modo, hace uso de sí mismo, y a la verdad, en esto estriba todo, pues lo demás, o bien sea voluntario o indeliberado, es cosa caduca y se reputa por humo.

El mayor desengaño para el desprecio de la muerte, es la consideración de que aun la menospreciaron también aquellos que juzgaban el deleite por bueno y el trabajo por malo.

De ningún modo es temible la muerte a quien solo tiene por bueno lo que es oportuno; a quien lo mismo se le da el poder ejecutar muchas acciones conforme con la recta razón, que el practicar muy pocas; finalmente, a quien mira con indiferencia el contemplar por más o menos tiempo el mundo o sus cosas.

¿Has hecho tú, buen hombre, una vida interesante al público en esta gran ciudad del mundo? luego ¿qué te importa el haber solo vivido cinco años? Porque es igual a cada uno lo que se conforma con las leyes. ¿Pues qué mal hay en que te destierre de esa ciudad, no digo un tirano ni un juez inicuo, sino la misma Naturaleza que te había introducido? Esto es lo mismo que si el pretor despidiese del teatro el representante que él mismo había recibido. «Pero yo, dirás, aun no he representado cinco actos, sino solo tres.» Has dicho bellamente; aunque en la vida tres actos solos componen un drama entero, porque determina el fin y cumplimiento de la vida aquel que antes fue causa de tu composición y lo es ahora de tu disolución, sin que tú seas autor de ninguna de las dos cosas. Vete, pues, con ánimo alegre, supuesto que quien te despide es benigno y te será propicio.

Edición: Traducción de Jacinto Díaz Miranda, 1785, revisada en 1888, con curación ortográfica.. Volver a la obra