Libro
Libro X
¿Si llegarás alguna vez, oh alma mía, a ser buena, sencilla, uniforme, sin rebozo y más patente a los ojos de todos que ese cuerpo de que estás vestida? ¿Si al cabo empezarás a tener gusto en la benevolencia y sincero amor para con todos? ¿Si algún día te hallarás satisfecha y sin necesidad de nada, no deseando ni codiciando cosa alguna, ni animada, ni menos inanimada, para el goce de tus delicias, no apeteciendo tiempo en que pudieses disfrutarlas más a la larga, no suspirando por país, región, cielo benigno, ni compañía de hombres más adaptada a tu genio? ¿Si vivieras contenta con tu presente situación, tendrás placer en el estado actual de las cosas y te persuadirás a ti misma que nada te falta, todo te va bien y que viene de la mano de los dioses: que cuanto a estos pluguiere será bueno, que cuanto dispensaren conducirá a la salud y prosperidad de este mundo animado, de este viviente intelectivo, perfecto, bueno, justo, hermoso; principio que produce todas las cosas, las contiene, abraza y recoge para hacer de las mismas, después que se disuelvan, otras semejantes? ¿Si, por último, vendrás a ser tal, que hagas una vida tan conforme con los dioses y los hombres que no tengas motivo alguno para quejarte de ellos, ni des causa para que ellos te condenen?
Observa lo que tu naturaleza exige de ti, en cuanto es dirigida por solo la naturaleza vegetativa, y después hazlo y no lo rechaces, a no ser que se haya de empeorar tu misma naturaleza en cuanto ella es sensitiva. Con igual orden debes observar lo que pretende de ti la Naturaleza considerada como sensitiva, no rehusando nada de esto, si es que no se ha de seguir menoscabo a tu naturaleza en cuanto es racional; y claro está que lo racional también es sociable. Valiéndote, pues, de estas reglas, no te dé cuidado lo demás.
Todo lo que acontece, o sucede en tal conformidad que hayas nacido para llevarlo, o de tal suerte que no seas hombre para tolerarlo. Ahora bien; si acaece de tal modo que puedas sufrirlo naturalmente, no te enfades, antes bien, sopórtalo según alcancen tus fuerzas naturales; pero si sucede de tal manera que no seas capaz de aguantarlo naturalmente, no te molestes por eso, porque después que te haya consumido, también acabará consigo. Con todo, ten bien presente que estás dotado de una virtud natural para llevar todo aquello que en tu modo de opinar consiste el hacerlo soportable, aunque sea insufrible, juzgando, o que te conduce o que es de tu obligación el que así lo hagas.
Si tu prójimo deslizase, procura amonestarlo amigablemente y hacerle ver la fragilidad en que ha incurrido. Pero si no te es posible el reducirlo, échate a ti mismo la culpa de tu poca habilidad, o quizá ni aun a ti mismo tendrás por qué echarte culpa alguna.
Todo lo que te va aconteciendo, eso mismo se te había dispuesto desde la eternidad; y es, que la encadenada serie de causas fatales desde el principio entretejió con tu existencia aquellos acontecimientos.
O bien dominen los átomos, o la Naturaleza gobierne todas las cosas, dese por asentado: primeramente, que yo soy una parte del universo dirigido. por la Naturaleza; en segundo lugar, que yo tengo un cierto vínculo y parentesco con las otras partes que son de mi mismo género. Porque yo, acordándome de esto, en cuanto me considerare como una parte, no me avendré mal con cosa alguna de las dispensadas por el universo; puesto que no es nocivo a la parte aquello que conduce al todo, ni tampoco el todo tiene cosa que a él mismo no le sea útil. Siendo esto común a todas las naturalezas particulares, las excede la del universo en no verse precisada por causa alguna exterior a producir cosa que sea perjudicial a sí misma. Según eso, con traer a la memoria que soy una parte de un tal universo, abrazaré gustosamente todo lo que suceda, y en cuanto me reputo con cierta estrecha correlación con las otras partes, que son de mi mismo linaje, no ejecutaré nada contra el derecho público; antes bien, miraré por los de mi especie, y dirigiré todos mis intentos hacia lo conduncente a la utilidad común, y me retraeré de todo lo que sea contrario a este fin. Ejecutando esto así, es necesario que la vida sea feliz y del modo mismo que si te imaginases la próspera vida de un ciudadano el cual llevase por delante el poner por obra las acciones convenientes a sus conciudadanos y aceptase con placer el encargo a que le destinare la ciudad.
Es necesario que se corrompan y perezcan las partes del universo, aquellas digo que se contienen en el ámbito del mundo; pero esto podrá decirse con más propiedad de su alteración y mutación. Digo yo ahora: si esto siendo también necesario, fuese al mismo tiempo un mal para aquellas partes, no le iría muy bien al universo, cuyas partes estuviesen siempre de muda y de mil modos dispuestas a su ruina y perdición. ¿Acaso la Naturaleza intentó tratar tan malamente a sus mismas partes, haciéndolas tales, que no solo estuviesen expuestas a incurrir en el mal, sino que por necesidad hubiesen de caer en él o le salieren hechas así, sin que lo echase de ver? Uno y otro es inverosímil Pero si alguno, no tomando en boca el nombre de naturaleza, nos quisiese explicar el enigma con decir que esa es la esencia y condición de las partes, ¿no sería una cosa verdaderamente ridícula que al mismo tiempo que nos dijese ser de esencia de las partes el mudarse, juntamente se maravillase y llevase a mal la mutación, como cosa acaecida contra el orden de la Naturaleza? Especialmente siendo también el fin de la disolución que se vuelvan a los mismos principios de que cada uno constaba.
Porque en esto de perecer las cosas, o solo interviene una dispersión de aquellos elementos de los cuales se habían compuesto, o una conversión de la parte sólida en tierra y de la espiritosa en aire de manera que las cosas sean otra vez restituidas a las razones seminales y principios del universo; ahora sea verdad que este, después de un cierto período y revolución de años, haya de perecer por un incendio, ahora que deba ser renovado con una perpetua serie de sucesiones. Mas no te imagines que lo sólido y espiritoso de que hablamos haya durado en cada cosa desde su generación, porque todo esto es cosa de ayer o antes de ayer; cosa, que por medio del alimento y respiración del aire ha conseguido incorporarse con los vivientes: así que solo se muda aquello que se advirtió después, no lo que la madre dio a luz. Y aun dado por supuesto que aquello te una en sumo grado a su peculiar cualidad, sin embargo juzgo que no obstará a lo que acabo de decir.
Después que tú mismo hubieres adquirido los nombres de bueno, modesto y verídico, de prudente, condescendiente y magnánimo, mira bien no mudes jamás de nombre; y si por tu culpa perdieres los dichos dictados, vuelve a recobrarlos con prontitud. Pero debes tener presente que el nombre de prudente quería significarte que procurases una exacta inteligencia y continua atención en cada cosa; el de condescendiente te exhortaba a una voluntaria admisión de todos los sucesos que fueren dispensados por la Naturaleza universal; el de magnánimo te movía a una elevación de ánimo sobre los movimientos suaves o ásperos del apetito sensitivo, sobre la vana gloria, la muerte y cuanto fuere de este jaez. Pues si te conservares en la justa posesión de estos títulos, no anhelando que otros te llamen con ellos, serás otro hombre y pasarás a otro género de vida. Porque en realidad el querer aún ser tal cual has sido hasta aquí, y permanecer lacerado y contaminado en una vida de esta clase, es propio de un hombre demasiadamente insensato y con exceso amante de su vida, y muy parecido a los toreros o bestiarios medio comidos de las fieras; los cuales estando llenos de heridas y de sangre, con todo piden con mucha instancia que los reserven vivos hasta el día siguiente, para ser otra vez echados a las mismas garras y presas.
Procura, pues, poner todo tu gusto en la adquisición de, estos pocos nombres; y caso que puedas mantenerte en la posesión de ellos mismos, permanece constante, como quien ha sido llevado y colocado en las Islas Fortunadas. Mas si conocieres que te va faltando el ánimo y que no te es posible salir con la empresa, vete con valor y retírate con denuedo a algún rincón, en donde podrás hacer algo; o lo mejor será que te salgas de una vez de la vida, no con cólera o despecho, sino como quien tal no hace: con desembarazo y buen modo, ejecutando siquiera esta sola proeza en tu vida, con salir en tal conformidad del mundo. No obstante, para recuerdo de los nombres mencionados te servirá mucho la frecuente memoria de los dioses, y que estos no quieren ser adulados, sino que todos los racionales se les hagan semejantes en el proceder; no olvidándote que haciendo la higuera lo que es propio de la higuera, el perro lo que es peculiar al perro, la abeja lo que es privativo de la abeja, estará el hombre igualmente obligado a cumplir con el deber de hombre.
La comedia, la guerra, la consternación, el estupor, la servidumbre, de día en día irán borrando en ti aquellos dogmas sagrados que tú, siendo dado al estudio de la Naturaleza, ibas concibiendo y depositando en tu mente; por cuya razón conviene que en todo premedites y obres de manera que al mismo tiempo que se perfeccione la vida activa, juntamente se ejercite la contemplativa; y la propia satisfacción, nacida de ver que todo lo entiendes, se conserve, disfrazándola con modestia, no ocultándola con misterio; pues entonces hallarás gusto en la simplicidad, entonces tendrás fruición en la gravedad, entonces te complacerás en el conocimiento de cada cosa particular; entendiendo cuál es según su esencia, qué región habita en el mundo, cuánto tiempo podrá naturalmente subsistir; de qué partes. está compuesta, a quién puede caber en suerte, quiénes por fin son dueños de darla y quitarla.
La araña queda muy ufana, habiendo cazado una mosca; también el otro está muy hueco, habiendo seguido una liebre; el otro, que pescó en la red un arenque; el otro, que cogió unos jabalíes; el otro, unos osos; el otro, por fin, que cautivó algunos sármatas. ¿Acaso no reputarás a estos por unos ladrones, si examinares atentamente sus máximas?
Procura adquirir el método de contemplar cómo todas las cosas se van mudando las unas en las otras: dedicate siempre a esto, y ejercítate con frecuencia en semejante punto de meditación, puesto que nada conduce tanto al logro de la magnanimidad. Y, en efecto, el que hiciere la reflexión de que cuanto antes será forzoso desamparar todas las cosas, dejando la compañía de los hombres, abandonará su cuerpo, entregándose todo a la justicia en cuanto debe ejecutar por sí, y dejándose gobernar por la Naturaleza universal en los demás acontecimientos, ni menos le vendrá al pensamiento qué dirá el otro, qué sospechará, o qué hará contra él, viviendo satisfecho con estas dos cosas: con obrar con rectitud lo que hubiere de hacer por entonces, y abrazar con resignación lo que al presente le tocare en suerte. Finalmente, separándose de todas las otras ocupaciones y cuidados, no apetecerá otra cosa más que ir derechamente en pos de la ley y seguir a Dios; que siempre guía por un camino recto.
¿A qué viene la desconfianza y sospecha, teniendo a mano el averiguar bien lo que debes hacer? Pues caso que lo descubrieres claramente sigue por ese camino de buen ánimo y con constancia; mas si no llegares a conocerlo, haz alto allí, y válete de los más hábiles consejeros; y si aun te ocurrieren otras dudas, procura, según las circunstancias presentes, llevar adelante con prudencia tus determinaciones, sin desviarte jamás de lo que te pareciere justo; porque no hay cosa mejor que conseguir lo que es conforme a justicia. Además de que al hombre a quien no le saliesen bien sus intentos siguiendo en todo la razón, le sería fácil juntar con la quietud la pronta expedición en el obrar, y con la vida alegre la moderación en sus costumbres.
Al punto que te despertares pregúntate a ti mismo: ¿por ventura te interesará si otro ejecuta acciones justas y buenas? No me resultará utilidad. ¿Acaso te has olvidado de que esos mismos se ensoberbecen con las alabanzas de otros y se aterran con los vituperios? ¿Qué tales son en sus lechos, qué tales a sus mesas? ¿Qué cosas hacen, de cuáles huyen, cuáles pretenden? ¿De qué manera roban, de qué modo arrebatan, no solo con las manos y los pies, sino con lo que es más respetable en ellos mismos, a cuyo cargo está siempre que quisiere el guardar la fe, la modestia, la verdad, la ley y la bondad de su conciencia?
El hombre bien educado y de moderación dice a la Naturaleza, que todo lo dispensa y todo lo recupera: Dame lo que gustares y vuelve a tomarte lo que quisieres. Ni esto lo diría con altanería, antes bien con ánimo rendido y benévolo hacia la misma.
El tiempo que te resta de vida es poco; vívelo como si te hallares en una montaña; porque lo mismo es vivir allí que vivir aquí, con tal que en cualquier lugar viva uno en el mundo como en su ciudad. Vean los hombres y reconozcan en mí un hombre que lo es de veras, viviendo según la Naturaleza si no me pueden sufrir, que me maten, puesto que vale más morir que vivir como ellos quieren.
De hoy más, déjate absolutamente de disputar cuál conviene que sea un hombre bueno, sino procura ser tal en realidad.
Piensa con frecuencia en el todo de una eternidad y de la Naturaleza universal: reflexiona también que todas estas cosas, particulares por lo respectivo a su ser, no montan un comino; por lo tocante a su duración, son un abrir y cerrar de ojos.
Parando la consideración en cada cosa que se te presente, podrás comprender que ella misma se va ya disolviendo y mudando; como que también la es propio el pudrirse y disiparse, o que de algún modo casi el morir la es natural.
Observa qué vienen a ser los hombres cuando comen, duermen, tienen acceso, hacen deposición y ejecutan otras funciones de esta clase. Mira después cuáles son mandando a otros, engriéndose, enfureciéndose y reprendiéndolos con superioridad. Reflexiona a cuántos obsequiaban poco antes, y con qué miras tan viles los servían; por último, en qué vendrán a parar poco después.
A cada uno es útil aquello que la Naturaleza del universo le dispensa, y entonces le es conducente cuando aquélla se lo da.
La tierra árida desea la lluvia; el aire recio apetece lo mismo; también el mundo anhela poner por obra lo que se ha de hacer. Digo, pues, hablando con el mundo: yo amo lo que tú amas. ¿ Acaso eso no es así, y no se dice vulgarmente que esto o aquello ama ser hecho?
O bien que hayas siempre de vivir aquí, y entonces ya estás hecho a esta vida, o bien que te salgas fuera, y esto ya lo deseabas, o bien que te mueras, y con eso has cumplido con tu ministerio. Fuera de esto nada más hay: con que así, prosigue de buen ánimo.
Ten siempre por cosa cierta y averiguada que lo mismo es el campo que cualquiera otro lugar, y que las mismas conveniencias logra el que vive aquí, que el otro que pasa la vida en la cumbre de un monte o en la orilla del mar o en donde más le diere la gana. Sin disputa alguna hallarás ser verdad lo que decía Platón: «Que un sabio del mismo modo está encerrado dentro los muros de una ciudad que lo está un pastor dentro del redil de su majada.»
Mi alma ¿qué viene a ser para mí, y cuál me la finjo yo al presente? Y al cabo, ¿qué uso hago de ella ahora? ¿Acaso está falta de entendimiento? ¿Por ventura se ve separada y arrancada de la común sociedad? Y en suma, ¿se halla tan íntimamente unida y mezclada con la vil carne, de modo que vaya a una con ella y la siga?
El que huye de su señor es un desertor; es así que la ley es la señora, luego también será desertor el que la traspasa. Igualmente quebranta la ley el que se queja, o se irrita, o teme, porque no quisiera hubiese sido hecho, se hiciese o hubiese de hacerse algo de lo ordenado por aquel que gobierna todas las cosas; el cual es la misma ley, que reparte con justicia lo que corresponde a cada uno: luego el que vive con temor, el que se aflige y el que se enoja, ése es un desertor, o sea un fugitivo.
Habiéndose ausentado el que dejó el semen en la matriz, y tomándolo después otra causa, fabrica de ello el feto y lo lleva a su perfección. ¡Qué bello efecto de causa tan vil! Al embrión ya formado da la madre el alimento que pasa por el esófago, y después recibiéndolo otra causa, produce en ese mismo el sentido y movimiento; en suma, la vida, fuerzas y lo demás. ¡Cuántas y cuán admirables cosas! Son, pues, dignos de contemplar estos arcanos que tan en secreto obra la naturaleza, y observar en igual conformidad su virtud productiva; así como miramos la fuerza, que lleva abajo o arriba las cosas materiales, no con los ojos del cuerpo, pero no por eso con menor evidencia y claridad.
Con la frecuente reflexión de que todas las cosas en cierto modo han sido tales antes de ahora cuales existen al presente, podrás también formar juicio de las futuras, y ponerte a la vista los dramas enteros y las escenas uniformes, teniendo conocimiento de cuanto has adquirido por la experiencia y aprendido de la historia antigua: por ejemplo, toda la corte de Adriano, la corte entera de Antonino, toda la corte de Filipo y de Creso; porque todas ellas eran muy semejantes, diferenciándose solamente por los distintos personajes que entonces representaban.
Imaginate que todo aquel que se aflige y disgusta por cualquiera suceso, se asemeja a un cerdo que, llevado al matadero, cocea y gruñe mucho: semejante al mismo es también aquel que a sus solas, echado sobre un escaño, llora su desdicha. Considera también esa cadena fatal a que estamos atados y que solo a los racionales se les dio la facultad de acomodarse voluntariamente a los acontecimientos, siendo así que es necesario a todos el seguirla absolutamente.
Parando la consideración en cada cosa particular de las que intentas, examínate a ti mismo si te sería muy sensible la muerte porque te privase de ejecutarla.
Cuando te chocare la falta de alguno, al punto, vuelto sobre ti, reflexiona si tú cometes algún error semejante; por ejemplo, juzgando que la plata, que el deleite, que la gloria mundana y otras cosas de esta especie sean un bien verdadero; porque añadiéndose a esto que el otro, habiendo incurrido en igual ignorancia, obra por fuerza, al instante echarás en el olvido tu enojo. ¿Pues qué otra cosa podría hacer? a no ser que tú procurases libertarlo de la violencia, si te fuese posible.
Viendo a Satirón el Socrático, imagínate ver a Eutiques o a Himeno; visto a Eufrates, idéate ver a Eutiquión o a Silvano; cuando veas a Alcifrón, representate que ves a Tropeoforo; habiendo visto a Jenofonte forma la idea de que ves a Critón o a Severo, y cuando vuelvas sobre ti los ojos, represéntate en la imaginación alguno de los Césares: finalmente, imaginándote en cada uno otro semejante, luego te ocurrirá al pensamiento: ¿en dónde paran esos ahora? En ninguna parte del mundo, ¿o qué sé yo adónde están? Porque de esta manera verás de continuo que las cosas humanas son un poco de humo y un nada; particularmente si te hicieres la reflexión que lo una vez pasado no volverá ya por toda una eternidad. Tú, pues, ¿cuánto tiempo vivirás? Bien poco. Pero ¿por qué no te contentas con vivir ese poco tiempo con la perfección que corresponde? ¡Oh! ¡cuán bella y oportuna ocasión te dejas perder! ¿Pues qué otra cosa más son todos estos sucesos humanos que un ejercicio de la razón, que ha visto ya con toda exactitud y contemplado sobre la naturaleza de las vicisitudes de la vida? Según eso, persiste en estas reflexiones hasta que te las hagas familiares, como un estómago robusto abraza todo género de comida, o como un grande fuego reduce a llama y resplandor todo cuanto le arrojares.
Cuida que ninguno pueda decir con verdad de ti que no eres un hombre ingenuo o que no eres hombre de bondad; antes bien, engáñese o mienta cualquiera que acerca de ti pensare o dijere alguna de estas dos cosas. Todo esto pende de ti. Porque ¿quién te impide el ser bueno y sincero? Forma únicamente el juicio de que no te conviene vivir a no ser tal, puesto que la razón no dicta que, siendo otro, debas vivir.
¿Qué es lo que con más acierto se puede hacer o decir en este negocio particular? A la verdad, sea eso lo que se fuere, tienes en tu mano el hacerlo o decirlo; y no pretextes que te lo impiden. Ni dejarás antes de gemir, hasta tanto que puedas verte en tal disposición de ánimo, que en cualquier caso y circunstancia ocurrente te sea igualmente gustoso el cumplimiento de los oficios propios de la condición humana, cual lo es la vida muelle a quien se entrega a los deleites; porque debe servirte de complacencia el ejecutar todo aquello que te es posible según tu propia naturaleza, en la inteligencia de que en todo tiempo y lugar te es permitido. Pues al cilindro no se le da la propiedad de tener su movimiento en cualquier sitio, ni al agua, ni al fuego, ni a otra cosa alguna, la cual sea gobernada por su propia naturaleza o por una alma irracional, siendo en realidad muchos los obstáculos que las contienen y se oponen. Pero el alma racional puede pasar por sobre todo impedimento, y en tal modo hacer libremente su carrera, como exige su naturaleza y como ella quiere. Poniéndote delante de los ojos esta facilidad, con la cual el alma podrá vencer y pasar por encima de todo óbice, así como el fuego sube hacia arriba, como la piedra desciende hacia abajo y como el cilindro rueda por un terreno declive, no inquieras ya Otra cosa más.
Porque los demás obstáculos, o son respectivos a tu cuerpo, a ese cadáver animado; o son de suyo tales, que sin una falsa persuasión y sin un asenso libre de la razón, ni lastiman ni hacen otro mal alguno; y a no ser así, al momento se haría malo el que los padeciese, visto que en las otras obras naturales o artificiosas cualquiera daño que sobrevenga a alguna de ellas, por eso empeora a quien lo recibe. Mas entonces, si se pudiese decir así, se mejora el hombre, y es más digno de loor haciendo buen uso de las adversidades acaecidas. En suma, acuérdate que aquello que no perjudica a la ciudad no hace daño a su ciudadano natural, y que no daña a la ciudad aquello que no es nocivo ni contrario a la ley, ni alguno de estos que llaman infortunios perjudica ni es contra la ley; luego aquello que no causa detrimento a la ley ni a la ciudad ni al ciudadano podrá dañarles.
A un hombre bien imbuido en las máximas verdaderas de la filosofía, le basta la menor palabra y la más vulgar para recordarle y exhortarle a la permanencia de un ánimo libre de toda inquietud y temor, por ejemplo, las siguientes palabras de Homero: «Unas hojas al árbol quita el viento / Y otras le restituyen primavera. / Nacen unos por turno y otros mueren.»
Y en realidad hojas vienen a ser tus hijuelos; igualmente son hojas esos hombrecillos que, teniéndose por hombres de crédito, celebran y divulgan la fama de otros; o por el contrario, los llenan de improperios o los vituperan en secreto y motejan; del mismo modo son hojas los que han de ser tus panegiristas en la posteridad; porque todo ello son hojas que lleva la primavera y que después el viento echa por tierra; en cuyo lugar la selva produce después otras, siendo común a todas una duración momentánea. Pero tú huyes o pretendes todas las cosas como si hubieran de ser eternas, habiendo también de cerrársete presto los ojos y que por fin otro llorará la muerte de aquel que te hubiese llevado al sepulcro.
El ojo sano debe ver todo lo visible y no decir: Yo solo quiero ver lo verde; porque esto es propio del que es pitarroso: también es necesario que el oído y el olfato estén prontos a percibir cualquier sonido y olor; y el estómago robusto no menos debe estar dispuesto a todo género de comida que lo está la muela hecha con el fin de moler cuanto la echaren. Así también conviene que el alma sana se halle preparada a recibir todo lo que la suceda; pues la que dijere: Yo quisiera la salud de los hijos y que todos alabaran cuanto hiciese, será muy parecido al ojo que solamente busca lo verde, o a los dientes. que únicamente quieren cosas tiernas y delicadas.
Ningún hombre hay tan afortunado que al morir no tenga a su lado quien se alegre del mal que le sucede. Y aunque haya sido hombre bueno y sabio, ¿dejará acaso de haber al cabo quien contra el mismo diga: Finalmente, podremos ya respirar libres de este pedagogo: en realidad, con ninguno de nosotros era rígido; antes bien, noté que nos reprendía con ánimo plácido? Esto, pues, se suele decir de un hombre bueno; pero por lo que mira a nosotros, ¡cuán otros son los motivos por los cuales no pocos desean verse libres de nuestra compañía! Pues si estando para morir pensases sobre esto, te partirías también con un ánimo más plácido, haciendo el discurso siguiente: Yo me aparto de una vida de tales circunstancias, que desean que me salga de ella aun aquellos mismos que vivían conmigo, por quienes yo tanto me afané, hice promesas por su salud, me desvelé por su bien, esperando ellos con mi muerte recibir quizá algún alivio. Luego, ¿porqué uno ha de apetecer el mantenerse por más largo tiempo entre estos tales? Con todo, no por eso te portas menos propicio para con ellos; antes bien, observando tu costumbre, muéstrate amigo, benévolo y apacible, y que de ninguna manera parezca que te arrancan de su compañía, sino que debe ser de tal suerte la separación como cuando en una buena muerte el alma se desprende con facilidad del cuerpo. Porque la misma Naturaleza que te enlazó y unió con ellos, también te suelta ahora. En fin, me separo de ellos como de mis domésticos, no sacado con violencia, sino despedido voluntariamente, puesto que esta es también una de las cosas subsiguientes en la Naturaleza.
En todo aquello que otro hiciere, acostumbrate, en cuanto te fuere posible, a examinar para contigo mismo: Este ¿qué fin lleva en eso? Mas procura empezar por ti mismo, y escudríñate en primer lugar.
No te olvides que lo que te agita y mueve a manera de un títere, es una cierta fuerza dentro de ti oculta y reconcentrada: esta fuerza, que pende del resorte de las propias pasiones y aficiones, es para nosotros la elocuencia que persuade, es la vida que nos tira, es, si se puede decir así, todo el hombre. Jamás quieras juntar con esta idea del hombre la idea del cuerpo, vaso que contiene dentro de sí el alma; ni la idea de los miembros, instrumentos alrededor del alma fabricados; porque son muy parecidos a la azuela y solo diferentes en cuanto ellos nacieron con nosotros a nuestro lado. Siendo así que todos estos miembros sin el alma, causa que los mueve y da vigor, no tendrían otro uso del que tiene la lanzadera para la tejedora, la pluma para el escribano y el látigo para el cochero.
Edición: Traducción de Jacinto Díaz Miranda, 1785, revisada en 1888, con curación ortográfica.. Volver a la obra